“Cumplía perfectamente su función la desvencijada ventana: abierta, dejaba pasar la luz y las miradas noveleras; cerrada, contemplaba el lugar y lo proyectaba a otras visiones, tal vez, más atentas.
Vivíamos un tiempo de fiesta: las banderas, concebidas sin odios ni diferencias ni marcadas ideologías, solo servían para proclamar el reencuentro de cada junio. El día, con las acostumbradas nubes norteñas, dejaba retazos de azul en la mañana gris, acorde con la piedra también grisácea del marco de la ventana, que, junto con el blanco, matizaba otra determinación del patrimonio. Sí, el detalle añade personalidad y criterio al conjunto. Solo el verde de la fachada constituía la novedad en la vetusta casa. Y lo cierto es que no desentonaba: la mirada parecía dulcificarse con la mezcla de verde y blanco, apaciguando así la contemplación. La iglesia, reflejada en los cristales, anunciaba el día del patrón. Y hablaban de un tiempo de alborozo y júbilo las campanas.
Arrinconó la nostalgia aquella mañana y por unos instantes nos sentimos agradecidos e inmortales.”































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