“En cuanto sale el sol, aunque sea débilmente, y aunque el frío no se haya ido del todo, salimos a la calle, a la plaza, donde la conversación y la distendida charla adquieren la importancia y relevancia que nunca han perdido.
No hay nada como hablar a los ojos del otro y ver sus gestos, su extrañeza, acaso, y su sonrisa. No hay dinero que pague ese momento, ese instante de felicidad del que ni siquiera somos conscientes. Porque la felicidad se presenta siempre sin llamar. Entra directamente en nuestras vidas y cuando nos damos cuenta ya se ha marchado.
Sí, sí; los días azules de este invierno raro son una bendición: un paseo, una charla, un momento…”






























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