Acuérdate de...
Quise hacerle un favor al pasado y me puse a recordar. Dado que mi grado de tontez no ha llegado aún al sanaquismo, solo recuerdo lo que me conviene. Mortificaciones y flagelaciones, las justas.
Si me dicen que la niña de la curva es la misma que la de la recta, me lo creo. Si me dicen que el ángel de la guarda siempre avisa, no lo cuestiono. O si me dicen que Pablo Casado y VoxAbascal van de la mano, es que ni lo dudo. A estos dos los mástiles y los palos no les dejan ver el bosque.
Bajé de la nube la carpeta Acuérdate de... y, tras un breve repaso, seleccioné, mejor dicho descargué, una mínima parte de la historia de Tita Antonia.
Esta Tita Antonia casose dos veces. Su primer matrimonio, de duración escasa, solo dos meses, fue un sinvivir. Él, que se creía lo que no era, resultó ser un carajovela. A saber: faltón, despreciativo, soberbio, putero y pleitista de mucho cuidado. Era el fiel modelo de “este se la está buscando… y un día la va a encontrar”. Y tanto que la encontró.
Sucedió en una reyerta callejera. Dos bofetones bien dados. Caída al suelo. Golpe en un bordillo y tararí que te vi. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Hete aquí a Tita Antonia viuda. ¿Afligida? Por la marina. Ella y su familia: padres, hermanos, tíos, sobrinos y primos, quedaron eternamente agradecidos. Y por parte de la familia de él, profundamente satisfechos. Nunca una muerte había producido tanta calma y sosiego.
Tita Antonia, viuda, joven y sin ataduras comenzó a vivir. Retomó sus viejas amistades y captó otras nuevas. El jolgorio, la risa y el divertimento eran su meta. No había asaltos de la juventud, vermut bailable o verbena que se perdiera.
También se matriculó en el Centro de Adultos en Folclore y en Graduado Escolar. Saltarina como era, no había baile que se le resistiera y, en cuanto al Graduado, no era solo que progresara adecuadamente, sino que destacaba por su capacidad intelectual. Tal fue aquel descubrimiento que se matriculó en Nocturno. Eso sí, en el instituto para hacer el Bachillerato y COU. Tita Antonia nunca vio claro aquello de obtener el título de bordadora y corte en confección por el sistema Amador. Tan digno como el que más, pero ella aspiraba a otra cosa. Animada por su abuelo, hombre culto, se matriculó en la Escuela de Magisterio. Aprobó, sacó las oposiciones y obtuvo plaza, no como ahora. Eran otros tiempos.
Años después, el azar, la casualidad, la suerte, el destino en definitiva hizo que conociera a un chico. Parece ser, dato sin confirmar, que ocurrió en la discoteca Jerome. Ya en las verbenas, muchos pasodobles, cumbias y yenkas habían iniciado su decadencia.
Comenzó una relación nada larga, sietemesina. Acabó en la vicaría, como Dios manda. El arrejuntamiento en aquella época estaba mal visto. Ante esta relación y decisión temprana, las lenguas de doble filo y las de trapo también, pulsaron el botón de encendido y empezaron a darle a la sin hueso. Cosa mala. Pasó un año, pasaron dos, pasaron tres y fue al cuarto cuando apareció la primera criatura. Los comentarios maliciosos, las habladurías y los bulos se los tuvieron que tragar toítos.
Los años pasaron, los hijos crecieron, hasta ocho, pero la vida, que es como es, aplicó a rajatabla la fecha de caducidad. Él enfermó y al poco tiempo murió de una cosa mala. Ella, Tita Antonia, no pudo soportar su desaparición y se sumió en un dejarse ir, dejarse ir, dejarse ir, dejarse ir….. y se fue.
Cierro la carpeta Acuérdate de… y la vuelvo a depositar en la nube.
¡Salud!






























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