El pastor poeta
Me llevé una grata sorpresa cuando me lo contaron. Me resultó enternecedor recuperar la imagen del campesino que hacía versos con la misma facilidad con la que hablaba, en este caso un pastor de las medianías de Gáldar:
-Veeenga, corderitas, veeenga,
arrejúntense pacá,
que están todas más bonitas
cuando están arrejuntás.
Les dijo a las ovejas, a las que a menudo llamaba pecorinas, al final de la mañana, y ellas se arremolinaron de tal manera que no necesitó ni la ayuda de un perro para meterlas en el redil.
Después miró el paisaje que le circundaba y, sin pensarlo un instante, le dedicó una estrofa que hizo que las ovejas lo miraran:
Ya se está recuperando
la tierra después del fuego.
Ya reverdecen los montes.
Démosle gracias al cielo.
Y balaron las ovejas. De inmediato, como por arte de magia, las medianías se tiñeron de colores, como si la primavera hubiese reventado de pronto a la llamada del pastor.
-¡Qué bonita que es mi tierra!
Bonita y agradecida.
Que con poca agua que caiga
crece la hierba enseguida.
Fue recitando el pastor, de camino hacia su casa, contemplando en calma la belleza de los parajes que lo rodeaban, al tiempo que sentía el “sangoloteo” del estómago, que ya le estaba pidiendo condumio. A saber qué le había preparado la parienta para almorzar.
Su esposa lo esperaba a la puerta de la cueva que habían arreglado muchos años atrás, en la que habían nacido sus cuatro hijos, los cuales ya habían volado a otros nidos.
Estaba quitándole las hojas secas al tajinaste que tenían junto a un muro de piedra, al cual habían cubierto con una red metálica para que no se desmoronara.
Al verla allí, el pastor le dedicó estos versos:
Cuando miro los colores
tan vivos del tajinaste,
me vienen aquellos tiempos
en los que tanto me amaste.
-Yo todavía te quiero, esposo mío –replicó ella, y entonces él la miró con picardía y le dijo: “Tú sabes bien a lo que me refiero, mujer”.
-Eres un viejo verde. Eso ya pasó al recuerdo. Nosotros estamos ya más pallá que pacá.
Él volvió a mirarla, esta vez con cierta nostalgia en la mirada, y, echándole un brazo por encima del hombro, le recitó:
-Si verte fuera la muerte
y no verte fuera vida,
prefiero morir y verte
a no verte y tener vida.
Ella entonces le dijo: “Ay, mi amor. Qué romántico te me has hecho. Vamos a comer, anda, que hoy tenemos carne en salsa”.
Y a mí, cuando me lo contaron, se me saltaron las lágrimas de la emoción.






































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