La degradación
Voy a comer desaforadamente hasta perder la escasa dignidad que aún me queda. Que allí donde no llegue el virus con su letalidad, lo haga la gula con su inevitable ferocidad. El paso del tiempo, la angustia del confinamiento con la anuencia de aquel, va dejando secuelas en las personas. Ese devenir de la cotidianeidad, por causa de la atroz pandemia, se pasa entre cuatro paredes. En este sentido, siempre hubo clases, habrá quienes estén mejor y, qué duda cabe, en situación contraria. A pesar de ser una obviedad, no se lleva igual el encierro en una vivienda con jardín que en un piso interior, que podría ser el paradigma de la situación menos halagüeña, salvo peor situación. Entre lo uno y lo otro, habrá una gran diversidad de modos de pasarla, es decir, distintos modelos de viviendas. Desde quienes tienen un encierro más llevadero en un piso con balcón, también va a depender de las dimensiones y el número de personas con quienes se comparte, pasando por otros con una amplia terraza. Incluso, por qué obviarlo, están quienes no solo gozan de un reducido jardín, sino que disfrutan de un terreno más amplio donde estirar las piernas —que comienzan a resentirse por la falta de actividad— haciendo el encierro más llevadero.
Volvamos a la disyuntiva, someterse a la dañina influencia del virus o ceder a los dominio de las papilas gustativas, es decir quedar sujeto a la degradación en alguna de sus vertientes. El virus —no frivolizo con ello—, tal y como ha ido quedando de manifiesto, provoca un deterioro importante. Tal es así, que en el peor de los desenlaces acaba liquidando a su huésped. No tendría que ser así, por el tipo de virus es más conveniente mantener con vida a aquel, pues se garantiza de ese modo la perpetuación de su genoma, incluidas las correspondientes mutaciones. No es de esos virus que mate a la célula huésped, pues mantiene así su estructura molecular disponible para su preservación. Y en sí lo hace. Otra cuestión bien distinta es la respuesta defensiva del huésped, y la devastación a que conduce. Parece, según se va mostrando en función de los avances clínicos, que es esa la causa de provocar un daño tan atroz en el huésped, sobre todo en las vías bajas del aparato respiratorio, que lo deja muy dañado.
Por eso, cuando no es el virus quien puede con tu integridad, quien te arrastra a lo más profundo del deterioro, puedes hacerlo motu proprio. Date a la gula. Las condiciones son las más idóneas. El estado de alarma decretado, entre otros efectos tiene el del confinamiento. Salvo que pertenezcas a una de esas profesiones que se consideran esenciales, se da por sentado una larga estancia en el domicilio. Ya sea por la modalidad de teletrabajo ya pintando la mona, porque tu profesión no es susceptible de ello, pasarás la mayor parte de tu tiempo en tu casa —salvo cuando vas por la vitualla—, y cerca del lugar donde guardas todo tipo de comida. Sea por una cosa o por otra, la cuestión es que acabarás llegando en numerosas ocasiones a la cocina, salvo que optes por tomar agua —no suele ser lo más frecuente—, terminarás saboreando cualquier cosa. Si a eso le añades, salvo que ya hubieses preparado el confinamiento —no suele ser el caso dada la rapidez de la decisión—, la falta de movilidad, la ecuación queda resuelta. Esa ingesta calórica aderezada por la escasa pérdida de la misma, acaba incorporando la diferencia a los lugares de reserva energética. Dicho de otro modo, a lo que viene siendo el aumento de peso por incremento de la masa grasa.
Así las cosas, estamos abocados a ello, pues como iniciamos esta reflexión, si no es el coronavirus quien acaba degradándonos, será esa gula promovida por la ansiedad que nos propicia la prolongada estancia en la vivienda. No tendremos escapatoria. A ver si con un poco de suerte encuentran algún remedio para mantenerlo a raya, de no ser así, hará lo propio con nosotros, consumándose en una pérdida notable de dignidad por alcanzar el nivel más alto de degradación.































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