Mezquindades

Opinion

leonilo2020La pandemia del coronavirus está poniendo de manifiesto el comportamiento del personal. Quienes actúan de modo solidario, porque ya lo hacían con anterioridad, continúan en ese afán. Quienes, por el contrario, siempre reprodujeron un comportamiento incívico, lo mantienen. Nadie ha cambiado de actitud. No nos engañemos, estas situaciones hacen aflorar lo mejor y lo peor de las personas. No se producen conversiones de un ámbito a otro del comportamiento. En absoluto, ya se sabe: «quien nace lechón muere cochino». No, en absoluto me quiero aferrar a esa idea de la predestinación. Quienes quieran creer en ella, que lo hagan sin problema, allá ellos. Solo me refiero a que los cambios, para que se produzcan, se han de producir de modo sosegado, por convencimiento. No necesitamos de influjos traumáticos —como acontece con esta pandemia— para llevar a cabo esa transformación. O metamorfosis, recuerden la polémica con la traducción del título de la obra de Kafka.

Comenzaron con la vigilancia en los balcones —ventanas en los casos más modestos—, los balcovid-19, desde donde se dedicaron a insultar a toda aquella pieza que se pusiese alcance de sus agudas miradas. Afrentaban, con potente voz, la acción «insolidaria» de salir a la calle, mientras que ellos permanecían confinados y los veían desde aquella obligatoria atalaya. A quién se le podría ocurrir semejante osadía, salir a la calle. En ningún caso, para qué hacerlo si ya ellos tenían la sentencia «invoce», se pararon a valorar los motivos. Desde el más banal, salir a tirar la basura al contenedor, o porque por prescripción médica recomendaban salir a la calle, caso de quienes conforman el colectivo del espectro autista. ¿Quién les iba a quitar ese placer, inconmensurable, de afear una conducta desde su balcón? Pues nadie, como tampoco podían hacerlo con aquel expresidente del Gobierno del Estado al que nadie iba a decirle las copas de vino que podría tomarse, hasta ahí podríamos llegar. Incluso, a este señor signado por la voz divina, tampoco dónde tendría que pasar el confinamiento. Así las cosas, quienes se empoderan desde sus balcones, pueden insultar a diestro y siniestro a quienes se les pongan por delante.

Sabemos que por poco se empieza. Cuando el personal, con el único argumento de su leal saber y entender, comienza a tomar conciencia del poder que le asiste, no tiene límites. Si antes me referí a quienes vigilan las calles desde los balcones, la cosa no iba a quedar en ello. Quienes se responsabilizan del cuidado de la vía pública, por qué no iban a hacerlo del interior de los edificios. Sobre todo, porque en el caso de estos nada tenían que perder. Desde el más pueril de los anonimatos —persuadidos de ello—, sin meditar en sus consecuencias, arremeten blandiendo la espada de la insensatez. Haciendo gala de sus peligrosas carencias, se atribuyen con su comportamiento el conocimiento que no poseen. Conocen —desde su mezquindad intelectual—, qué medidas se deben adoptar para evitar contagios. Así, cuando descubren en su feudo a personas susceptibles de ser foco de contagio —con acreditado ojo clínico son capaces de emitir un acertado diagnóstico—, acuden con rapidez a evitarlo. Los hay categóricos, por la maestría que les otorga el visionado de un tutorial de YouTube, que optan por aplicar una solución de hipoclorito sódico (no dicen lejía, por dar más trascendencia a su acción) en el punto crítico. Suele coincidir por la puerta de la vivienda de quien, por su actividad profesional, es de trasmitir el germen causal. No solo les bastan las labores de desinfección, en cuanto recaban los datos suficientes, advierten al potencial infractor del sosiego de la comunidad sobre tal hecho. Le conminan a abandonar, al menos por el tiempo en que dure la pandemia —al final son hasta considerados—, la vivienda habitual para evitar que ponga en riesgo la salud del resto. Para eso nada mejor que un escrito, sin identificar autoría —son así de valerosos—, donde se reflejen los hechos y la solución que ellos aportan. Si no tienen papel y bolígrafo a mano, no hay problema, quién les va a impedir cumplir con su deber de vigilante de la salud comunitaria, actuando con cualquier otro medio. Medio, claro está, que acaba apareciendo en forma de spray que permite insultar a quien —según su nivel de entendimiento— tendría que no estar poniendo en riesgo su salud. Cuando, en todos los casos, sucede lo contrario.

Este comportamiento mezquino, no lo dudo, viene a ser el resultado de algunos de los comportamientos irresponsables de quienes, por la actividad a que dedican su tiempo y de la que han hecho profesión, tendrían que actuar de otro modo. Al menos, si no son capaces de aportar soluciones, que mantengan calladas sus osadas bocas, y acaben generando un grave problema de convivencia entre quienes, en estos momentos de incertidumbre, tendrían que estar más unidos que nunca. Pero ya se sabe, la mezquindad, cuando tiene oportunidad, se materializa en este tipo de comportamientos.


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