“Iluminaban el pequeño muelle, y lo llenaban de matices, las nubes, que se alejaban al ritmo de un delicado vientecillo, en aquella tarde dominguera, tan rara y bardina, de febrero.
Claros y nubes reflejaban los contornos de las vidas tan dispares que coincidieron en el embarcadero; claroscuros que escondían sueños y, también, desilusiones. Sin embargo, las sombras se volvían cada vez más fuertes, como queriendo atrapar todo en su afán conquistador. Pero las nubes, tan evanescentes y variables, se abrían para dejar caer las últimas claridades vespertinas, débiles en su vano intento de incordiar a la futura noche.
Todo transcurrió apenas en un instante.
Y así todos los días.”






























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