La frágil realidad del ser humano
Al final ha sido un virus, algo microscópico, acaso la entidad biológica más simple, el que nos ha apeado de nuestra soberbia, de nuestra vanidad, para hacernos caer en la dura, pero hermosa, realidad de nuestra existencia como un eslabón más de los que forman la cadena infinita de la naturaleza.
Sí, carajo, no deja de ser curioso, acaso para reflexionar, que haya sido la forma más simple de vida la que nos ha bajado del ilusorio pedestal de creernos el culmen de la naturaleza, el paradigma de la perfección, el fin último de la evolución. De decirnos que hemos dejado de ser "imagen y semejanza de Dios" -algo que en realidad nunca hemos sido- para convertirnos en criaturas frágiles y vulnerables, sometidas, como el resto de los seres vivos, a las inquebrantables leyes de la naturaleza.
La lección magistral de un ser microscópico que, necesitando de una forma de vida superior, de una célula, para poder multiplicarse y perpetuarse en el tiempo, nos recuerda aquella frase Aristóteles, de que "El hombre es un ser social por naturaleza". El hombre que también necesita de los otros, del tejido social, para poder seguir existiendo. El hombre que, en momentos de crisis, deja a un lado su individualismo desadaptativo y retorna a su origen social como mecanismo de supervivencia.

































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