Tengo la luna
Un hombre que no tiene dos dedos de frente es una persona que carece de sentido común. Una mujer embarazada está en cinta, en estado de buena esperanza o esperando la cigüeña y da a luz cuando se encuentra en el paritorio. La cochinas paren pero las mujeres alumbran o dan a luz, que queda más delicado. También es más fino decir dar de cuerpo que cagar; hay quien dice que tiene carga trasera o simplemente que va a ir al baño.
Los eufemismos se dan en todas las lenguas. Se dice de otra forma, con rodeos, lo que realmente se quiere decir. Tal es el caso de la frase que titula este escrito.
La primera vez que la escuché, tendría yo seis o siete años, me encontraba en la playa de Gando (la mejor playa de Ingenio, de la que poco después se adueñaron los militares), a la que solíamos ir toda la familia con bastante frecuencia en una camioneta que tenía mi padre. Salía del agua cuando mi hermana, que iba a entrar, hablaba con una amiga suya que se hallaba tomando el sol en la orilla:
-Conchi, ven conmigo a bañarte, que el agua está riquísima.
-No puedo, Marisa. Tengo la luna –contestó la interpelada.
Sorprendido, pensando ¿cómo va a tener la luna?, me acerqué a mi madre, que andaba con los trajines del almuerzo en una improvisada cocina que mi padre había dispuesto detrás de la camioneta. Con ladrillos y barras delgadas de hierro había formado un fogón sobre el cual descansaba una perola con el condumio para las nueve personas que componían la familia. La parte trasera de la carrocería de la camioneta (mi padre la llamaba la Chocha) funcionaba de despensa.
-¡Mama! ¿Qué significa “tengo la luna”?
-¿Dónde oíste eso, Francisco?
-Fue lo que le dijo Conchi a Marisa; que no se podía bañar en la playa porque tenía la luna.
-Pues eso a ti ni te va ni te viene, que es cosa de mujeres.
Enfurruñado, porque no me gustaba que me dejaran en ascuas, fui y le pregunté a mi padre.
-Eso a ti no te importa, meleguín, que es cosa de mujeres.
-¡Pero, papá, por favor!
-No seas majadero y vete a buscar leña por ahí para la hoguera de esta noche, que está la marea vacía y la luna llena. Y encima viene tu tío Paco con la guitarra. Esta noche tenemos parranda.
La idea de la hoguera y la parranda a la orilla del mar me alegró. Me encantaba oír cantar a mis padres: él, tangos, especialmente de Carlos Gardel; ella, coplas de Imperio Argentina y Estrellita Castro. Además, mi hermano Pepe y mi hermana Marisa se echaban boleros y pasodobles, y cuando llegaban los puntos cubanos cantábamos hasta los niños.
Y fue durante esa velada musical cuando mi amigo José Miguel, que era dos años mayor que yo, me dijo que las mujeres tenían la luna cuando les venía la regla, y yo entonces me quedé peor que antes porque la única regla que conocía era la regla de medir, y a ver cómo se comía eso.
En fin. Más adelante me enteré de lo que se trataba, pero aquella noche, ya perdida en el tiempo, me quedé con las ganas de saberlo. Me olvidé de ello al calor de la hoguera, oyendo a mi padre cantar el tango del legionario que conoció a una tanguista en un cabaret, y me dormí en el regazo de mi madre, mirando la luna y escuchando las olas, mientras ella cantaba “Rocío, ¡ay, mi Rocío!, manojito de claveles. De pensar en tus quereres voy a perder el sentío”.






























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