¡Cuidado, que hay ropa tendida!
De seguro que hay mucha gente, jóvenes sobre todo, que no han oído nunca esta expresión tan particular, a la que no encontrarían ningún sentido, que se decía con frecuencia cuando yo era niño. Supongo que también la conocerían en otras generaciones posteriores pero hace ya mucho tiempo que no se la oigo decir a nadie y, aunque alguna vez me ha venido a la memoria, no la habría evocado ahora si no hubiera visto esta foto tan llamativa. Fue sacada en una calle de Lisboa, hace un par de años, pero podría perfectamente pasar por un rincón de mi pueblo natal, o cualquier otro pueblo de la isla, cuando las mujeres lavaban la ropa en las acequias o en el barranco, si éste estaba corriendo. Quienes no tenían patios o azoteas colgaban liñas en los callejones, en los frontis de las casas, o donde se terciara, y siempre había ropa tendida por todas partes.
Pero la ropa tendida a la que me refiero nada tiene que ver con la que vemos colgando de las liñas. Recuerdo que me extrañó muchísimo la primera vez que escuché la expresión, como un modismo lingüístico, de boca de mi madre mientras hablaba con mi padre.
Yo tenía siete u ocho años. Me encontraba junto al tallero que había en el patio lleno de plantas de mi casa, tomando agua destilada de la pila, que el culantrillo impedía ver, cuando mis padres salieron de su alcoba. No me vieron de entrada porque un ficus me tapaba casi por completo, y mi padre le estaba diciendo a mi madre que una de sus sobrinas tenía que casarse de penalti, con sólo dieciocho años, que mira tú qué poca cabeza. Entonces fue cuando mi madre me vio.
-Cuidado, Pedro, que hay ropa tendida.
Que mi prima tuviera que casarse lo entendí; lo del penalti no me lo explicaba, porque lo asociaba al fútbol, (más adelante me enteré que era que se había quedado embarazada), pero lo de la ropa tendida me dejó perplejo. Tanto que miré alrededor a ver si la veía por alguna parte.
Más desconcertado me quedé cuando comprendí que yo era la ropa tendida. Todos los niños lo éramos entonces. No sólo cuando se trataba de temas relacionados con el sexo, pecados de la carne como pregonaba la Iglesia, sino también de aquellos que incumbían al Régimen, que no permitía el más mínimo desacato. No es de extrañar, pues, que los mayores tuvieran en cuenta que no hubiera ropa tendida cuando ellos consideraban que lo que decían no podía ser escuchado por los niños.
Y a mí, rememorando mi infancia gracias a una preciosa y pintoresca fotografía, se me pierde la mirada en un pasado que, paradójicamente, algunas veces me resulta cercano, ahí mismo, tras la puerta, y otras se me antoja muy lejano, como si lo hubiese vivido otra persona en los albores del tiempo.
Foto Ignacio A. Roque Lugo
































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.138