“La tarde se había levantado, en su luz vespertina, cuando ya iba a morir, para refugiarse en el acantilado pequeño y cercano.
Me asomé al lugar como queriendo recibir los últimos y débiles rayos de sol de aquel otoño raro y silencioso. Solo las mansas aguas del mar aún azul, donde el salitre acumula la sal de la vida, eran constantes en su baile eterno. Yo, María Clara de los Ingenios, con las cenizas en mi bolso, emprendía una nueva etapa. Así que las deposité, con disimulo nervioso, en el agua, en los charcos de la orilla, donde las olas mecían el dolor del momento. Cuando terminé de expandir aquella vida en el mar, miré la nueva aventura que tenía que emprender.
Respiré con cierta profundidad y el ruido de las terrazas cercanas me devolvió al presente. Y aquí estoy: de camino a mi casa vacía.
Pero estoy en el camino.”






























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