En recuerdo de mi maestro de escuela don Sebastián Monzón Suárez

Opinion

El día 16 de agosto de 2019, falleció Don Sebastián Monzón Suárez, maestro, poeta, historiador, memorialista e investigador. En calidad de alumno quiero reconocer y agradecer su labor docente y su implicación en la vida sociocultural de El Valle de Agaete durante los años 60 y 70 del pasado siglo XX. Vivimos tiempos convulsos donde lo que prevalece es el cortoplacismo y lo inmediato, pero si algo tiene la historia es que nos ayuda al estudio del pasado para comprender mejor el presente y el devenir de la sociedad. Bajo este criterio intento describir la realidad socioeconómica, cultural y política en la que comenzó su tarea educativa.

A principios de los años 60 del siglo pasado, Don Sebastián Monzón Suárez, llega como maestro a la escuela pública de San Pedro, en El Valle de Agaete. Por entonces, en este bello rincón bordeado de grandes montañas y verdes praderas, de amaneceres acompasados con el suave cantar de los pajarillos pintos y capirotes, el sonido del agua discurría por los barrancos y sus acequias. Pero tras este bucólico paisaje, subyace una dura y difícil realidad socioeconómica, cultural y política; donde, las numerosas necesidades básicas para vivir no estaban cubiertas, unido ello a la ausencia de libertades y de democracia.

Nuestros padres y madres trabajaban en el sector primario, principalmente en el cultivo del tomate en las zonas de Chapín y el Turmán, en la recogida de pinocha en el pinar de Tamadaba donde algunos iban y regresaban cada día y otros permanecían toda la semana alojados en cuevas, en el Hotel Guayarmina y en el embotellado de agua de Agaete, en los Berrazales.

Las viviendas adolecían de las mínimas condiciones de habitabilidad, pues carecían de baños, duchas, luz eléctrica, agua de abasto, en el exterior no se disponía de alumbrado público ni alcantarillado, tampoco existían instalaciones culturales y deportivas. Los caminos estaban en muy mal estado, más bien parecían veredas para el tránsito de animales que de personas. La polvorienta calle Santiago Suárez era la vía de comunicación por donde circulaban los pocos vehículos existentes, esquivando sus grandes y profundos hoyos y socavones. La asistencia sanitaria era muy deficiente pues no existía centro de salud, sino un pequeño consultorio médico ubicado donde hoy está la Oficina del Servicio de Correos (Agaete) con un sólo facultativo, que atendía a todos los vecinos del municipio en horario de 16:00 a 20:00 horas, previo reparto de números. Esto motivaba que desde el amanecer existieran pacientes a las puertas del dispensario para, a las 15:00 horas, adquirir el número que le permitiera ser observado. Si había suerte, los enfermos procedentes de El Valle, una vez atendidos y adquiridos los medicamentos en la farmacia de don Federico Arencibia Bravo de Laguna, regresaban a sus casas en “el coche de hora” de las 20:00 horas que era el último del día. En caso de pérdida del transporte público el traslado se realizaba a pie o en taxis alquilados entre varias personas. 

La alimentación era desequilibrada siendo los desayunos a base de café con leche y mantequilla acompañados de huevos batidos con vino San Clemente, “porque decían que era bueno para crecer y estudiar”, mito propio de este tiempo, mientras que los almuerzos se componían de potajes para todo el año, salvo en Navidad, donde se agregaban productos artesanales propios de la fecha y en las fiestas de San Pedro, en las que comíamos algo de carne de cerdo fruto de las matanzas que realizaban algunos de nuestros vecinos y vecinas. Todo ello se preparaba en una pequeña cocinilla de petróleo, ya que la inmensa mayoría de las casas estaban desprovistas en un primer momento de fogones de gas. El agua para la cocción se obtenía de la acequia del Moral y de los múltiples nacientes que alimentaban este inigualable lugar, asimismo, para el consumo humano se utilizaban las ricas y curativas aguas del Barranquillo (La Culata) y del Barranco Grande (El Paso). Por otra parte, las vestimentas las hacían las costureras del vecindario y también a través de compras a plazos realizadas a los árabes palestinos, que cada sábado recorrían El Valle, con sus faldones cargados de ropas mientras que los diferentes alimentos se adquirían en las tiendas denominadas de “aceite y vinagre”.

A esta situación, que ya de por sí era penosa, hay que sumarle la fragmentación social que sufre El Valle, debido a las heridas abiertas como consecuencia de la Guerra Civil española donde veintidós vecinos de la Vecindad de Enfrente permanecen aún hoy desaparecidos. Este hecho provocó una división entre los habitantes de los núcleos de la Vecindad de Enfrente y San Pedro que alcanzó a la población infantil de estos dos barrios, hasta el punto que la escuela fue la línea que separaba de facto a niños y niñas de ambos lados, viéndose la convivencia afectada y deteriorada por el odio, rencor y reproches. El franquismo impuso la ley del silencio, pero tal vez lo más duro del mismo lo constituye el hecho de impedir que nuestros padres y madres tuviesen la oportunidad de estudiar y salir del analfabetismo al que les sometió en cierta medida.

Bajo este horizonte social, cultural, político y económico inicia su actividad docente Don Sebastián Monzón Suárez. Con él un nutrido grupo de alumnos inician sus estudios. La caligrafía, las reglas ortográficas, la lectura y su pronunciación correcta y comprensión lectora junto al aprendizaje de las matemáticas, la literatura, historia y ciencias naturales y la transmisión de valores humanos y normas de convivencia, fueron algunos de los ejes sobre los que sustentó su enseñanza. Su compromiso con la educación y su preocupación por el futuro de sus alumnos hizo que una vez finalizados nuestros estudios de primaria nos ayudara a continuar con los de bachillerato en el Instituto de Bachillerato de Gáldar, hoy llamado IES Saulo Torón. No sólo nos tramitó la matrícula y los impresos de solicitudes de becas, sino que nos acompañó hasta el estudio fotográfico de “Esteban” situado en la trasera de la Iglesia de Santiago Apóstol en Gáldar, para obtener las fotos carnet necesarias para cada una de las asignaturas. La consecución de la beca era cuestión indispensable para poder realizar los estudios de bachillerato ya que de otra manera era imposible, porque nuestros padres y madres carecían de recursos económicos. Los requisitos para su obtención se basaban en tener aprobadas en junio todas las asignaturas con una media de notable.

Iniciados los estudios en Gáldar y de regreso a El Valle en aquello viejos “coches de hora”, a donde llegábamos sobre las tres de la tarde, cada día pasábamos por la escuela para comentarle cómo había ido la jornada, así como los “deberes” previstos para el día siguiente, los cuáles realizábamos en la escuela con su asesoramiento en horario de cuatro y media a siete de la tarde.

Su labor traspasó el ámbito estrictamente académico, implicándose en la tarea de concienciar a su alumnado en la importancia y necesidad de conservación y protección del medio ambiente. Con el fin de ir logrando estos objetivos, además del arreglo y cuidado de los jardines que rodeaban el colegio, todos los sábados asistíamos al centro para ver a través de una TV que él consiguió, los programas sobre plantas, animales y medio ambiente del naturalista y divulgador medioambientalista Félix Rodríguez de la Fuente al que proseguía un pequeño debate entre todos.

También es mérito suyo la implantación del comedor escolar que supuso una mejor alimentación y un alivio para nuestros padres y madres que trabajaban de sol a sol en labores agrícolas como el cultivo del tomate y el plátano y que de esta manera se vieron más liberados. Igualmente constituyó el grupo folclórico del Colegio de San Pedro que paseó el nombre de El Valle por distintos puntos de la geografía insular, participando en las Romerías de la Virgen del Pino en Teror en representación del Ayuntamiento de la Villa de Agaete, en la de la Virgen de las Nieves, en el día de San Pedro Apóstol y en muchísimos más eventos. 

Su integración en El Valle es otro de los elementos a destacar, pues no solamente tuvo una plena dedicación a la docencia, sino que se involucró en acciones sociales entre las que hay que señalar el arreglo de la actual calle de Santiago Suárez con la ayuda de Santiago Godoy (Chago el de Nieves), que estaba en pésimo estado y sin asfaltar, en la confección de alfombras en la celebración del Corpus Christi y otras fiestas, pero sobre todo en la relación de cercanía que mantuvo con las familias de sus alumnos y el haber sido una de las persona que contribuyó a romper las barreras que separaban a los niños y niñas de la Vecindad de Enfrente de los de San Pedro por causa del conflicto bélico del año 1936, haciendo que la plaza de San Pedro fuera el punto de encuentro y reunión de todos los vallenses, grandes y pequeños.

Los datos hablan por sí solos ya que varios alumnos, entre los que me encuentro, logramos realizar estudios universitarios y de otra índole. Decir esto en el siglo XXI con la implantación de un nuevo modelo de sociedad basado en las nuevas tecnologías puede resultar ininteligible pero la historia hay que contextualizarla en el espacio en el que suceden los hechos. De ahí que su magisterio fuera muy positivo para jóvenes que queríamos un porvenir mejor y un Valle donde todos sus habitantes convivieran alejados de los fantasmas del odio y del rencor, pero sin olvidar lo acontecido, ya que su reconocimiento y estudio es lo que hace que los pueblos mantengan su identidad y avancen en concordia. De lo contrario, estamos expuestos a su repetición y el fin de la historia es recordar y nunca olvidar para así lograr un futuro más esperanzador en todas las facetas de la vida.

La historia de las personas que han contribuido a algún campo de desarrollo y progreso de un pueblo debe recordarse y divulgarse, además de agradecérselo públicamente, aunque se haya realizado en privado. Esto es lo que he pretendido escribiendo sobre la figura del que fuera mi maestro y un intelectual reconocido como Don Sebastián Monzón Suárez, al que siempre tendré presente en mi vida. Gracias, MAESTRO.

Ángel García García
Maestro de Primaria y Licenciado en Geografía e Historia

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