Club de lectura
Hace apenas unos meses he pasado a formar parte de un Club de Lectura.
Y no solo estoy encantado, sino que, además, creo que ahora leo con más agudeza e intención crítica. En ellos aprendo. Y mucho. Las distintas voces que escucho son interesantísimas y novedosas, y allí, reunidos en círculo, nos percatamos del verdadero valor de lo literario. De lo que se infiere que la Literatura sirve para, al menos, mirar detenidamente y expandir el punto de vista. Así que la perspectiva de lo leído se enriquece: hay otras miradas. Ya solo por eso estaría justificada la presencia de la Literatura y su necesidad en estos tiempos tan líquidos.
Los Clubes de Lectura no deben verse como el encuentro de unos cuantos apasionados por los libros, que también, sino que los organismos públicos deben comprender la importancia de su necesidad al mismo tiempo que su rentabilidad social. Que 20 o 25 personas se reúnan cada mes o mes y medio con la sana intención de afrontar una lectura no solo debe enorgullecer al responsable de Cultura de cualquier institución, sino que supone añadir un grano al granero: la formación que adquirimos sin apenas darnos cuenta se convierte en una garantía más de las sociedades libres y de las que consideran que a través de la cultura, de los libros, de las exposiciones, de los senderos literarios, de las charlas y conferencias, y cursos, se puede avanzar. Es verdad que, en principio, para el político de turno pudiera parecer un acto menor. Sin embargo, con el paso del tiempo, esos Clubes de Lectura vienen a suponer no solo la estabilidad emocional de los que en ellos participan sino la socialización de la lectura, donde, posteriormente, cada uno de los intervinientes volcará lo que ha leído, mirado, releído, interpretado, sugerido, escuchado… Y, sobre todo, el verdadero alcance del criterio surge de manera espontánea: opinamos después de habernos informado debidamente y huimos del mensaje fácil, de la crítica de oídas y sin contrastar, y del comentario expresado con las urgencias de la prisa y de la estúpida inmediatez.
Y tengo para mí que Opinión y Democracia son la portada y la contraportada de un único libro. Por eso, en los Clubes de Lectura, la serenidad constituye una cualidad relevante y ha de tenerse en cuenta. Al menos en el que participo es así: todas las opiniones son importantes, únicas y sinceras; y de las distintas visiones que allí se expresan sentimos, por encima de todo, que vale la pena LEER.
Y, también, nos reímos. Y mucho. Y se verifica lo que una vez dijo Rubén Darío: “la risa es la sal de la vida”. Y Alberto Manguel también lo dejó muy claro: “leer se ha convertido en un acto de rebeldía”.
Queda claro que el Club de Lectura del que formo parte pertenece a una tradición milenaria: la Biblioteca que lo dirige es una sucursal directa de la Gran Biblioteca de Alejandría. No sé si me explico.
Llegados a este punto, la conclusión es clara: LEER es recorrer las calles vacías y descubrir en cada ventana la página liberadora del espacio y del tiempo.
Vale.






























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