La tronera de la Higuerilla (Gáldar 1777)
Los archivos parroquiales, entre bautizos, casorios y enterramientos, guardan algunos tesoros de otras índoles que han ido conformando la intrahistoria local a lo largo de los siglos. En el de Gáldar se conservan libros desde el inicio de la parroquia, en el brinco del XV al XVI, y hasta allí puede cualquiera buscar sus orígenes familiares: vano intento en busca de una ilusoria permanencia.
Algunas de las joyas referidas son los documentos de Gobierno y Acción Pastoral (Cláusulas y Últimas Voluntades), hoy en paradero deconocido, entre los que encontramos entreveradas referencias a la vida cotidiana de la comarca así como a lugares y costumbres, algunas de las cuales arrojan luz sobre dudas del presente. Veamos algunas notas tomadas hace un cuarto de siglo.
En el testamento signado con el nº 21, de 17 de marzo de 1769, se habla de las “Rocetas y Amagro”. A este propósito, dos puntualizaciones. Una: siempre se habla de Amagro, nunca Almagro, como era común hasta principios de los 70 del siglo pasado. Así, en el nº 60, testamento dado por Francisco de Vetancor, hijo de Christobal de Vetancor y de Catharina de Serpa, el 6 de mayo de 1796, se mentan los topónimos, en Amagro, los mojones, Blanquizal y La Piedra de las Palomas (p.2), de los que se conservan los dos primeros. En el nº 134 se habla de la Piedra del Agua, piedra de grandes dimensiones a cuyo pie manaba el agua y que fue destruida al hacerse la actual zona industrial de San Isidro. En el 135, dado el 15 de enero de 1828, se dice “el Cardón de Amagro” (p. 275 v), ¿quizá El Cardonal? En el 141, de 10 de marzo de 1829 (p. 297 v), “en Amagro...llaman de Cebolleros, otra Teguisa y las Hoyetillas del Cayderillo”. En el 142, dado el 12 de agosto de 1829, además de “los mojones” y la “peña amarilla”, en Amagro, se habla de la “calle que del sentro del pueblo vá al albercón de las Tapias”. Las Tapias, calle de La Arena o Maninidra. “¡Ay mis Tapias!”, decía Jacobito. Y López de Ulloa (1646): “un sercado questaua a un lado del lugar de Gáldar, a la parte donde se pone el sol, el qual del largo de una gran plaça y redondo de dos tapias de alto y la pared muy ancha...”
La otra: Las Rocetas es la ladera oeste de Amagro, sobre el Cerrillal. Roza es un tipo de terreno y nada tiene que ver con la flor. Variantes son: Rocetas, en el barranco de Anzo, La Rozas, en la linde con Agaete, y aun Rociana, en Tirajana.
En el nº 73 (p. 55v) se diferencia entre “caxa de Indias” y “caxa de madera de la tierra”, en referencia a las cajas grandes en que se guardaban las telas para las dotes.
En el 102, dado el 4 de febrero de 1813 (p. 169 v), se cita una propiedad “en el Montañon, en donde dicen el Sapatero”, pago bien conocido hasta hoy, que volvemos a encontrar en el nº 98 (p. 150), dado por Francisca Paula Rodríguez, mujer de Simón Hernández, dado el 12 de julio de 1810, donde menciona, en el Zapatero, “la Hoya del moral...el puntoncillo...más abajo junto a las casas de Miguel Oliva...en el mismo pago junto a las casas que llaman del Coronel”.
En el 116 (p. 212) “El Imperial, Maxadillas, Farraguz”.
Siempre se dice Llanos de los Quintanas . Así en el 131 (p. 267), de 26 de enero de 1827, y en el citado135.
El 19 de febrero de 1804 (nº 82) hace testamento “Josefa de Guzmán, muger de Juan de Oliva”, “hija de Lucas de Torres y de Doña Mª de Guzmán, vecina y natural”. Las mujeres solían ser nombradas con el apellido de la madre.
Declara haber tenido cinco hijos: Mª Margarita, José Antonio “que falleció en América soltero”, Miguel, Antonio y Rosalía “que también falleció libre de edad de 12 años; hoy solo viven dos”.
Que Mª Margarita casó con Juan Suárez Guerra (y señala la dote) . Que Miguel casó con Mª Oliva y recibió por dote un becerro, lo vendió y compró una potranca.
Que posee: una casa; otra casa “en Taya, en terreno de mi marido” (p. 95 v); 4 suertes en Amagro, dos “en frente de San Isidro a la entrada del serrillar”, una en el cerrillar, junto al Ancón, una “ en la Hoya de la cueba de lapas” y “una cueva en el barrio del Ospital: se la dejo a Mª de Guzmán, mi hermana para que la viva en usufructo, y después a mis herederos”, a los que les pide que “no me la incomoden y sofoquen”.
Miguel Oliva Guzmán casó con Mª Encarnación Oliva Batista (hija de Juan de la Oliva y doña Teresa Batista de Quintana). Hijo suyo fue Juan Oliva y Oliva, que casó con Cayetana Jorge Perdomo (hija de Antonio Jorge y Mª Nicolasa Perdomo). Uno de sus hijos fue Francisco Oliva Jorge que casó con Mª Dolores Betancort Falcón (hija de José Dolores Betancort Perdomo y de Catalina Falcón Batista). Este matrimonio tuvo un solo hijo: Juan Oliva Bertancort que casó con Rosario Sosa Mendoza (hija de Cristoval Sosa Ramos e Hilaria Mendoza y Mendoza, naturales de Guía). El menor de sus seis hijos, Cristóbal Oliva Sosa, casó con Carmen Tacoronte Saavedra (hija de Domingo Tacoronte Orihuela y Pino Saavedra Reyes), con los que llegamos a la actualidad.
De los antepasados de Juan Oliva y la testamentaria Josefa Guzmán de Torres quizás hablemos en ocasión más apropiada. Veamos ahora el objeto principal de este escrito.
Con el nº 30 hallamos el testamento dado por los hermanos Pasqual y Juana Bosa, hijos de Francisco Vossa y Melchora Domínguez (que posee “tierras en la Vega”), dado el 24 de mayo de 1776. Pasqual estaba soltero y Juana casó con Sebastián Fiesco, del Lugar de Moya (defunciones II, 116 v), sin hijos. Mencionan a su hermana Gerónima y “tierras en La Longuera de la Encarnación”.
Gerónima, soltera y con “cerca de 70 años”, testa el 30 de enero de 1777 (nº 31). En la página 15 encontramos, entre sus propiedades, la descripción interesantísima de la finca que viene a ocupar el actual Colegio Antonio Padrón, que linda por el lado Sur con el “callejón del Drago hasta troneras de la Huiguerilla”.
Ese es el nombre que recibía en el tiempo en que se comienza la fábrica de la actual iglesia de Santiago la tronera cuya conservación es hoy objeto de debate, sin duda -el nombre- por la presencia de la higuerilla que aún sobrevive con penurias el paso de los siglos y la acción de los hombres.
La tronera. Pienso, como dicen los maestros carpinteros, que “hay que medir dos veces para cortar solo una”. Hay cosas que, hechas, son irremediables: como la reciente destrucción del Faro de Sardina, la ermita de Santa Lucía o el cementerio de la Santa Cruz. ¿Cuánto no daríamos hoy por tener en pie el palacio de los guanartemes, aunque la iglesia estuviera en otro sitio? Y aun se pretendió, ¡en los años 70!, tirar el ayuntamiento viejo y (de paso) el teatro para, eso sí, levantar un edificio nuevo y funcional.
En cuanto a la higuera. Estaría bien dejar que se desarrollara un vástago hasta un tamaño vistoso como han hecho en Lliria (Valencia) con la olivera bajo la que predicaba San Vicente Ferrer y junto a la cual hizo rebrotar, en 1410, el manantial que llevaba seco largo tiempo. Esperemos que, un árbol humilde pero coetáneo si no anterior al drago del ayuntamiento, no tenga el triste final de las palmas reales de la rotonda del casparro o de los especieros y la palma washingtonia de la subida del Barrio, frente a Vicente el de la casne. Aunque es este caso, bien mirado, así hay aparcamiento para tres coches, dos furgonetas o un camión mediano.




























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