Microrrelatos: "El enfermo feliz"

Josefa Molina Lunes, 24 de Febrero de 2020 Tiempo de lectura:

Josefa Molina2Padecía el síndrome de tsundoku. Eso le decían aunque él desconocía el significado de aquel término japonés ni de qué trataba el extraño síndrome

A lo largo de sus más de setenta años, ya había padecido de casi todo. Contaba con artrosis en las rodillas casi desde que empezó a andar, un dolor en los lumbagos que le atacaba cada vez con mayor frecuencia, una vista cada día más cansada y nublada y hasta un cáncer de próstata estadio 2 que le pegó un susto de muerte pero que no le llevó a la muerte. 

A estas dolencias, había que sumar la enfermedad más inquietante, la que más le erosionaba: una enfermedad con sabor a melancolía y soledad que le cabalgaba el pecho de vez en cuando y que solo lograba paliar en parte las tardes que escuchaba las interpretaciones de Vivaldi que una joven vestida con un traje azul de lentejuelas regalaba a los viandantes de su ciudad.

Así que, ¡qué más daba una nueva dolencia! Además, era feliz con los libros. Cada vez que pasaba delante de una librería, sentía cómo los efluvios de una enorme cascada de chocolate líquido tiraba de sus fosas nasales y le obligaban a entrar en el establecimiento. Ya en el interior, le subían los niveles de endorfinas y serotoninas que corrían como locas mensajeras químicas engatusando a sus neurotransmisores y disfrazando su aburrida cotidianidad de orgásmicos momentos de felicidad, esos de los que hacía ya años no lograba alcanzar a través del sexo.

Era feliz acariciando los lomos de los libros, dejándose llevar por el olor a tinta y a papel, coleccionando tomos que, uno tras otro, almacenaba en su casa creando paisajes de colores en su salón.

Le embriagaba entonces una sensación muy especial, muy parecida a la que lograba alcanzar en las bibliotecas más señeras, porque, con el tiempo, su casa había adquirido la consistencia y autoridad de una enorme biblioteca que poco o nada tenía que envidiar a cualquiera de las existentes en el mundo.

De hecho, el volumen de libros crecía cada semana sin parar desde hacía más de cuarenta años cuando descubrió que, entre palabras impresas, era más feliz que entre las gentes de su entorno. Ahora, cavilando desde la sabiduría que concede el paso del tiempo, piensa que tal vez fue ahí dónde nació el primer pellizco vírico de esa extraña enfermedad, un virus que, para su tristeza, nunca era lo suficientemente contagiosa como para contagiar al resto de la humanidad.

Y, ciertamente, aquello le hacía sentir como un ser extraño, una persona que creía más en los libros que en las palabras llevadas por el viento de sus semejantes, más en la ficción de las novelas que en la ficticia realidad de la vida.

Estaba claro: era un bicho raro, viejo y enfermo, felizmente enfermo. Por eso no le importó que le dijeran que padecía aquella extraña enfermedad japonesa.

Al fin y al cabo, rodearse de libros y entregarse a su lectura con absoluta pasión, era lo único que conseguía que el mundo aún le gustara.


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