Cada tarde soleada, la fachada del “Hotel Madrid”, con toda su trayectoria protegida entre cuatro paredes, se enciende para indicar que su presencia en la ciudad forma parte de la Historia.
Y así es. La descubrimos un sábado de otoño desde un punto de vista distinto y elevado; el único posible con el cual nos pudimos percatar de su presencia grata y silenciosa. Y comprobamos que el amarillo de su fachada vivía a juego con el astro rey; sin embargo, no solo no se repelían sino que se engarzaban en agradable compañerismo: el objetivo se centraba en resaltar la vida lenta y pausada de la capital. Solo las altas palmeras y algún que otro árbol servían de contraste al conjunto, embelleciéndolo. Aquel resplandor de la tarde anegaba de misterio el hotel, que solo dejaba ver lo superfluo: la tocata de la Banda Municipal en la cercana Plaza de las Ranas.
Sol y música en la tarde otoñal del “Hotel Madrid”.
Y una luz embaucadora y enigmática, donde las miradas se mezclan.






























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