Cuando me encontraba mirando desde afuera la casa, pude ver la figura de una mujer que asomaba el torso desde el caparazón de un caracol. Me miró a los ojos, creo que me invitaba a entrar a su escondite. Yo no podía creer que esa figura misteriosa apareciera en la ventana, flotando como una proyección cinematográfica perfecta en el vidrio; hasta que abrí los ojos; el pregón del vendedor de la vitualla de los domingos me despertó la pereza que el delicioso ventilador Crown esa mañana me producía. Al levantarme salí a la calle, miré la ventana, esa misma ventana en la que en sueños la mujer caracol me daba sus saludos en silencio. Entonces cuando el sol se fue a dormir, y la luna salió a saludar, volví a la calle, miré a la ventana, y ahí me quedé no sé cuánto tiempo, convencido que la caracola en cualquier momento podía aparecer. La voz de mi madre me llamó a dormir y yo obedecí esperanzado, sin dejar de mirar al ventanal. En mi habitación, acostado, fui cerrando los ojos hasta perderme en los brazos de Morfeo, y ahí… apareció la caracola, me saludó desde la ventana nuevamente; nuestras miradas quedaron suspendidas en silencio, en lo íntimo de dos sonrisas tímidas. El calor de la mañana volvió, el pregón insistió y mi madre me llamó; pero me quedé con la caracola eternamente.





























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