Cuando las raíces subieron a la superficie, el árbol aún se mantenía con vida.
La espesura verde y el frío del otoño, con su eterna e inseparable bruma, lo mantenían en pie, a pesar de las hojas caídas. Se convirtió en frecuente lugar de visita. Todos lo fotografiaban, hasta que ya no pudo más. Y decidió que en el siguiente verano daría media vuelta y se perdería en la tierra que siempre lo había acogido. “Como hay que regresar a la tierra, pues a ella me entregaré cuando el intenso sol no me deje respirar. Y seguramente renaceré en nuevos arbustos. A no ser que los humanos me arranquen para morir nuevamente.”
Y allí, en el frío verde, quedó sumido en estas cavilaciones hasta que las lluvias lo empaparon. Nunca había conocido un invierno como aquel. Parecía el último.





























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