“Empezamos a sentirnos como un auténtico rebaño, cuando llegó el primer despido.
Entonces pensé que a mí no me iba a pasar: me creía imprescindible; además, había regalado a la empresa tantas horas extras que imaginé que lo tendrían en cuenta. Hasta que recibí la carta oficial. Así, sin previo aviso y sin verlas venir. De repente, el mundo se vino abajo y, con él, las deudas comenzaron a multiplicarse. Gracias a que mis padres siempre han estado ahí y ese “ahí” es mucho más que un simple adverbio. Si no hubiese existido esa alfombra familiar, hubiese caído en el olvido y, tal vez, en la depresión. Lo peor: mis hijos. Y sus regalos de Reyes. Ellos, metidos en su mundo infantil, no se enteraron de nada. Hasta que ya no hubo más remedio y la tristeza, y el miedo, se hicieron fuertes; sobre todo, en mi cabeza, que daba vueltas sin sentido buscando en la tierra el alimento. Y me sentí como un miembro más de un rebaño medio escondido, el de los parados, al que ni la misma sociedad quiere reconocer.
Hace ya tiempo que se acabaron los cortados a media mañana.”





























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