Fragmentación
De nuevo vivimos con el miedo a la ruptura. Quienes no defiendan la idea de una España grande y libre, vuelven de nuevo a las andadas y, cómo no, no pierden oportunidad para alcanzar su objetivo. No es otro, está claro, que llenar de grietas la geografía de la península ibérica. Desde el peñón de Gibraltar —desdoro del orgullo patrio— hasta los mismos Pirineos, atravesando por la histórica meseta, se comienzan a evidenciar las grietas. Incluso, quienes en su momento se acercaron a un nacionalismo segregador, conscientes de ello, han reconducido sus ideales y optan por servir de pegamento patrio.
Las dos jornadas, las previas a la definitiva, dedicadas a la investidura del candidato como presidente del gobierno de España, resultaron bastante movidas. Todo porque se vislumbraba en el horizonte la investidura, al menos en segunda votación, del candidato. Candidato, ese es su grave pecado, que formará gobierno de coalición con Unidas Podemos. Ahí radica el problema, puede darse la circunstancia de comenzar a llevar a cabo políticas de izquierda. A partir de ahí ya todo vendría dado, rodaría como por ensalmo bajo la acción de la fuerza de la gravedad. Y no me refiero a la que propicia la atracción de los cuerpos por parte del planeta. En absoluto. Hago mención a la gravedad de los insultos que se profirieron en el hemiciclo durante las dos jornadas.
Se inicia, tras el discurso previo del candidato y posterior recesión, la intervención del líder y portavoz del PP. Su discurso no hurtó espacio alguno al insulto. Quizá a ello se refiriese en la segunda jornada cuando intervino para protestar sobre la intervención de la representante de Bildu. El político sereno, al que nos acostumbró durante la reducida decimotercera legislatura —barba incluida—, dio un brinco en el vacío y regresó a los inicios de su mandato en el PP. La retahíla de insultos que propinó al candidato, sin que se mostrará argumentación alguna en relación con el discurso de investidura, nos aclaró cuál sería, y será, su postura a partir de ese momento. Seguramente, erróneamente quizá, vea peligrar la posición de su partido, al sentir tras sí el aliento de la ultraderecha. Pensará, manteniendo la continuidad de su error, que sus bravuconadas van a atraer a los votantes de esa fuerza política que les va a la zaga. A ello tendremos que acostumbrarnos, mal que nos pese.
La intervención del líder de la ultraderecha, tercero en orden de aparición por el número de su representación, ninguna sorpresa habrá de producirnos. Muy en su línea. Introduce ese discurso propio de tiempos pretéritos, acaso añorados por desconocidos, que si no fuese por el riesgo que encierran podrían inducir a la risa. Sin embargo, no resulta así, pues ese discurso preñado de medias verdades y mentiras completas, va calando como agua en tierra seca. Quienes nada le objetan, porque no se cuestionan la veracidad de su discurso —ampliamente desmentido por la fuerza de los hechos—, les mantienen su fidelidad. Seguimiento, que si nos atenemos a los recientes resultados, va en peligroso ascenso. Como no puede ser de otro modo, durante su intervención en el debate de investidura, volvió con el sonsonete al que nos tiene acostumbrados. Ofensivo a todas luces para una serie de colectivos, a quienes ha puesto en su punto de mira, quizá porque les moleste la diversidad, o expresado de otro modo, anhelen la uniformidad. La que marcan sus ideales, claro está.
La tercera en discordia, por ser la tercera en intervenir de quienes conforman el trío de Colón —asociación voluntaria por cierto—, fue la actual lideresa de Cs. Buscando que no echásemos de menos al anterior líder de su formación, hoy dimitido, mantuvo la línea emprendida por este. En esta ocasión, como si todo el mundo mantuviese la volubilidad en sus actuaciones, centró su discurso en la búsqueda del voto tránsfuga. Su empeño, tanto en el momento de su intervención como en el resto de su presencia en la cámara, e incluso fuera de ella, no cejó en ningún momento. Buscaba, como quien en misión catequizadora tiene encomendada la salvación de las almas, a la persona valiente —no sé en cuál de sus acepciones— que modificase el sentido de su voto. Apuntaba, por no esforzarse en investigar otra fórmula, hacia las filas socialistas. No solo se contentaba con el epíteto de valentía, sino que para incidir más en su tarea, no eludió el tildar de traidores a quienes, con sus votos pues no existe otro modo, permitiesen la investidura como presidente del gobierno al líder de los socialistas. Cuidado, mantiene su soniquete.
En resumidas cuentas, no se trata de mantener la integridad del territorio peninsular, islas y ciudades autónomas incluidas, sino de evitar que gobierne quien ganó las elecciones, las celebradas en una segunda ocasión, a pesar de argumentar —allí donde les resulta favorable— el gobierno de la fuerza más votada. Claro, no es el caso. El temor, es que la fórmula de coalición de gobierno salga bien, novedosa en esta etapa democrática, lo que les alejaría durante una larga temporada del gobierno del Estado. Eso, no hay cuerpo que lo resista. Sobre todo cuando, en esta ocasión sí, la derecha da signos evidentes de fragmentación.




























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