Renace de sus cenizas
Hay veces en las que nuestro estado de ánimo nos lleva a imaginar cosas que no tienen fundamento alguno. Hace un par de semanas, ofuscado por un asunto personal y queriendo disipar mi malestar, me fui de paseo a Los Pinos de Gáldar. Era una sombría mañana en la que la bruma se había adueñado del cielo y oscurecía el verdor de los árboles.
Por momentos la niebla era tan densa que impedía ver a un palmo de distancia. Me produjo una extraña sensación introducirme en aquel paraje, que me resultó tenebroso, y se me pusieron los pelos de punta cuando, de repente, vi que un hombre encapuchado, vestido de negro, se asomaba a la puerta de la casa en ruinas.
En mi ofuscación, dejándome llevar por un impulso, me escondí tras el tronco de un árbol y empecé a elucubrar con la idea de que aquel hombre tenía algo entre manos. Seguro que estaba acechando a alguien, a la espera de que se acercara para atacar. Mil cosas se me vinieron a la cabeza. De pronto vi que se movía y se encaminaba ladera abajo, momento que aproveché para, sigilosamente, acceder a la ruinosa casa y mirar a través de la ventana.
Desde allí pude ver que se acercaba a uno de los pinos más frondosos del lugar y pensé que se iba a esconder detrás de su macizo tronco para aguardar a su presa.
Y lo hizo justo cuando vi aparecer a otro hombre que iba sacando fotos y que se vino a parar junto al anverso del árbol en el que estaba agazapado el individuo al que yo ya había etiquetado como criminal. El corazón se me puso a cien. Parecía que se me iba a salir del pecho. Entonces se oyeron dos gritos, uno detrás del otro, y yo me quedé petrificado. Luego sonó una voz: “Me asustaste, cabrón”, y seguidamente una carcajada.
Suspiré relajado al comprender que se trataba de dos amigos y que uno le había gastado una broma al otro. Entonces, dejando de lado mis tribulaciones, me acerqué a ellos y, poco después, estábamos hablando del pino canario.
-Es nuestro ave Fénix –dijo el que portaba la cámara. De inmediato, al hilo de la conversación, el otro, que resultó ser especialista en botánica, dijo que había estado trabajando en Londres, en un vivero de plantas, y que una vez, en una fiesta a la que fue invitado por su jefe, había sido el protagonista de una anécdota muy simpática. Cuando la contó me reí tanto que me olvidé del problema que me estaba acuciando. Había confundido la palabra “pinos”, que en inglés se dice “pines”, con la palabra “pene”, que se dice “penis” en el idioma anglosajón. Y fue general la carcajada de quienes se hallaban presentes en aquella fiesta cuando le oyeron decir que, al igual que el ave Fénix, el pene canario renace de sus cenizas.
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo

































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