“Aquella mañana de domingo otoñal se aventuraba distinta.
Desde mi ventana veía cómo la gente iba llegando a la Hacienda. Seguro que habría alguna exposición en la Casa Grande. Todos al pasar me miraban y sonreían. Entonces pensé que la buena educación aún no había desaparecido del todo. Los niños, en su algarabía, me saludaban con infantil entusiasmo y por un momento hubiese querido acercarme a ellos, pero no podía. Así que me limité a mirar y mirar: mi manera de de decir ¡buenos días! a la novedosa audiencia. Y aguanté en el lugar un buen rato hasta que me fui diluyendo en las páginas de los cuentos. Entonces pensé que la imaginación era otra forma de realidad. Y estaba convencido de que iba por el mejor sendero posible para acercarme a los chiquillos que, embobados, me miraban.
La mezcla de temor y alegría se dibujaba en sus ojos, abiertos como dos ventanales enormes, a la vez que el día gris daba paso, paulatinamente, al cielo azul.
Como en los cuentos de colores.”





























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