“Me senté en la terraza para aliviar la pena en el café negro. Ahora que la soledad se había convertido en mi nueva compañera, el día azul me trajo la melancolía de un tiempo que pasaba velozmente. En el café apenas endulzado recordé las alegrías lejanas. Solo el camarero me hablaba de su tiempo y de su negocio; eso sí, amablemente, como queriendo no molestar. Apenas contesté, pero no fui mal educado. A la semana siguiente regresé al lugar. El día ya no era azul y el camarero atendía por las tardes. Otra vez el café negro apenas endulzado. Y la mirada inquieta de una realidad adversa, como las fuertes olas del mar Tirreno. Y guardé el temporal en la mochila, como para no verlo”.




























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