Debemos dejar sola a la soledad o nos quedaremos solos

Opinion

juanantoniosanchez2014buenaAlgo de lo que podemos estar avergonzados es de formar parte de una sociedad sobradamente equidistante entre la empatía o la interacción de los diferentes colectivos que la conforman. Vivimos y gozamos de una tecnología asentada en nuestras vidas como algo ciertamente indispensable, una herramienta que nos dispone en primer alinea de salida para acometer proyectos o simplemente mantener la cotidianeidad tan rutinaria en momentos de ocio que van más allá de una mera interpretación de lo que es o no ético y coherente; por no decir utilizar el sentido común al que los humanos le debemos pleitesía. Normativas exigentes en casos difusos y desalentadoras por la ambigüedad del sistema que las rige nos inciden a debatir reflexiones.

Nos sitúan las estadísticas en primera fila de la lista de países que llaman civilizados y por el contrario se mueren nuestros vecinos sin dar no siquiera cuenta o querer hacer algo por remediar tal destino. Vivimos enfrascados en una alocada carrera por llegar el primero al escalafón de los ganadores y perdemos la dignidad por el camino sin importarnos nada. El ser humano se rige por la inteligencia y, por el contrario, se cuela el instinto por querer vivir mejor que aquél que esté más cerca, todo lo demás pasa a ser un hecho fortuito de daños colaterales que damos por bueno, si no nos toca de cerca claro.

Y digo bien a eso de las normas establecidas, al menos antes teníamos que ir a la entidad bancaria en la cual gestionábamos nuestra cuenta de ahorro para que nos vieran y con ello mantuviésemos ante dicho ente la fe de vida. Ahora, quince años sin aparecer y por el hecho de tener un saldo disponible con el que hacer frente al pago de los recibos básicos del hogar, remuneración derivada de una pensión y con el que abonar el impuesto municipal correspondiente, a nadie importa quién este tras un número de identificación o una fotografía de hace tal vez más de dos décadas.

Triste soledad, esa sensación traicionera que nos transporta al anonimato social, al quebranto del cariño y cuyas consecuencias pueden ser frenadas nos conmociona con la muerte de alguien que durante quince años estuvo tirada como un olvido más de justicia social a nadie importo que no asomase su rostro por la ventana, a nadie pareció molestar que un olor fétido saliese de un domicilio plagado de desinterés y como los pagos se hacían a su justa medida, todos y todas las que tenían algo que ver con ese ser humano estaban en lo que realmente les importaba al corriente en el pago de impuestos, arbitrios y demás abonos inherentes al cadáver.

No es justo que las personas mayores o no estén solas, las primeras porque sin duda favorecieron con su esfuerzo y sirvieron para que nuestra vida fuese algo más fácil, las más jóvenes porque serán ejemplo que nos ayuden a corregir errores y superponer su calidad de vida al conjunto del entorno. Disponemos de una tecnología de vanguardia y de unos protocolos que dicen las administraciones estar perfectamente diseñados par a proteger al ciudadano y caemos en la desvergüenza de dejar a alguien muerto con su soledad, olvidado en el ostracismo de una inexistente interpretación del significado de vivir en colectividad.

Hagamos de este caso el último, el que nos haga reflexionar sobre la importancia de cuidarnos unos de otros y llegará el momento en el cual podamos sentirnos plenamente satisfechos y orgullosos de avanzar a favor de la equidad social, modernamente provistos de una tecnología al servicio de nuestro entorno y tal vez, solo tal vez, casos como este no vuelvan a repetirse. La soledad es amiga de la incoherencia, adherida como el musgo a la piedra fría concurre en el olvido e irremediablemente en la tristemente manida costumbre de que el ser humano siempre tropieza dos veces en la misma soledad.


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