“La tarde llegó sin darme cuenta. Para cuando lo hice, mis hijos se habían hecho grandes y estaban a punto de acabar sus estudios. Era lo único que les podía dejar. Cuando me dirigí a la notaría, para formalizar el testamento, caí en la cuenta de la velocidad de crucero que la existencia llevaba. Y una tarde de otoño más bien raro, a ratos caluroso y a ratos frío y ventoso, me precipité al vacío. De repente me sentí un guanche herido que huía de las tropas castellanas. Y entonces pensé en el mar y que tenía derecho a un trozo para, al menos, poder sentir la libertad. Nunca imaginé que la enfermedad fuera azul. Nunca imaginé nada”.



























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