“La curva de la naturaleza se proyecta en el azul del último día del verano, de aquel verano raro y fresco que nos tocó vivir. Para cuando la curva perdió toda estabilidad, nuestra relación se desvaneció en el salitre húmedo que recorría el valle. En el otoño cayó la última hoja y nos dijimos adiós. Nadie tuvo la culpa y la tuvimos los dos. De repente, o eso creímos entonces, el amor se endureció y se partió en pedazos. Lo curioso es que cada uno confluíamos en nuestra culpabilidad. Y cuando hablamos, en aquella azotea de tenderetes y juergas, descubrimos que, sencillamente, la pasión había pasado a mejor vida. Al final, como siempre, cada uno por su lado intentó salir de aquella curva peligrosa de la vida.”



























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