El último día del verano, el campanario de la ermita de Las Chorreras se acerca a sus vecinos cada mañana, como señalando su presencia. Cada septiembre, a media mañana y con el sol detrás, la ermita se yergue aún más en su elevada presencia. No quiere pasar desapercibida y se adueña de toda la calle. Y, en ella, sobresale el campanario, estrecho y coqueto. Dentro de pocas semanas, la sombra cambiará de sitio a medida que el otoño alcance su velocidad de crucero. Es lo que tiene la vida: su movimiento continuo e inexorable. Pero en el verano volverá de nuevo a su sitio, cuando las fiestas. Seguro.




























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