“En otro tiempo, mi vida transcurrió en la Casa Grande, la de mis abuelos.
De todo eso ya no queda nada. Al crecer, descubrí que mis abuelos pertenecían a la burguesía isleña que, por un mal negocio, se vieron obligados a renunciar a la Hacienda, como ellos la llamaban. Todo eso lo supe muchos años después. Lo que recuerdo del lugar son los tiempos de la infancia y las continuas carreras no solo por sus recónditos pasillos, sino por la finca toda. Recuerdo que los trabajadores me saludaban con ojos de mayores, pero no los supe interpretar en su momento. A mí gustaba mucho la Casa Grande.
En los días azules, a principios de verano, me levantaba temprano para ver caminar la sombra. Y la palmera, dibujada en el suelo, se iba desplazando a medida que el sol ascendía en su lento trabajo cotidiano. Me gustaba mucho la Casa Grande. Y mis abuelos, siempre tan serios y tan llenos de órdenes.”




























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