Me gusta mirar las ventanas de las casas. De cualquier sitio.
Son las ventanas los ojos de las familias que habitan en ellas. No importa que estén cerradas a cal y canto. Si ahora no mora nadie, esconden y protegen la historia de los que allí vivieron. Por eso imagino las ventanas abiertas y sombras que deambulan en su interior.
No solo protegen del ruido exterior. También sirven para saludar y mirar la vida que se produce en las calles, aunque estén llenas de coches. Mi madre tenía la costumbre de asomarse siempre tras el cristal. Mi padre, en cambio, lo hacía de otra forma. Colocaba el tocadiscos portátil de mi niñez a su lado, sobre la mesa de la máquina de escribir de mi hermana. Elegía el disco primero de música sudamericana de Los Sabandeños y entre “wiskies” y tapas de queso, sentado, miraba al parque que enfrente tenía y saludaba a los conocidos. Y canturreaba recordando su juventud. Siempre le gustó a mi padre la casa que compró con tanto esfuerzo. Sin embargo, tengo para mí que la disfrutó poco tiempo.
Por eso, y por las cosas que me callo, me gustan las ventanas.




























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