Por unos y por otros olvidado, abandonado a su suerte, el campo presintió lo que iba a suceder. Le dolía que, salvo contadas excepciones, lo hubieran descuidado y lo dejaran expuesto al sol, a las altas temperaturas del estío, a los tornadizos vientos y a la temeridad de algunas personas que lo visitaban.
Le dolía que no lo estuvieran cuidando en momentos tan cruciales, a sabiendas de que él pertenecía a una tierra nacida del fuego, a una isla que se había formado con el magma incandescente de un volcán. Por eso, quizás despechado, se plegó a las llamas cuando éstas se extendieron por sus contornos y ni siquiera elevó a los cielos sus prerrogativas para que dejaran caer una piadosa lluvia.
Desatado, vehemente, el fuego devoró la mayor parte de los parajes que encontró a su paso, aunque fue clemente con las casas, dejando tras de sí un paisaje desolado, más en consonancia con Timanfaya y otros lugares lanzaroteños que con los escenarios verdes que solíamos contemplar en Caideros, Fagagesto, Chirino, El Inciensal, Lucena o Palomino, como muestran las fotos a las que acompaña este texto.
Parece ser que, aún sin controlar, se trata del incendio más virulento que ha sufrido Gran Canaria. Ojalá no volvamos a ver ese pavoroso rostro del ígneo elemento.





























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