Las lágrimas de las parras
“Los sueños son a veces tan reales
que me quedo traspuesto al despertar,
envuelto en una nube espesa y quieta,
y no sé bien si es sueño o realidad”,
dijo mi amigo Dionisio, que se encontraba conmigo
frente al patio de una casa de El Barranquillo del Vino.
Ya habíamos estado allí el día anterior, de paseo,
y fue el vino, me aclaró, el que le provocó el sueño.
Un sueño muy especial con Zeus , el rey dios griego:
“Se personificó junto a mi cama
y me llamó “hijo mío” varias veces.
Después dijo que yo era el dios del vino,
y bramando: “LOS DIOSES NO PERECEN”,
se evaporó entre nubes que encendían
el cielo, como el sol cuando amanece”.
Con el sueño de mi amigo me quedé maravillado.
Y él explicó a posteriori que Dioniso, que en latín llamaron Baco,
era el dios griego que el vino había creado.
Entonces apareció, que es también amigo mío,
el dueño de aquella casa, con cachitos de azulejos
tan finamente adornada: con el pulpo, con el ancla
y las siete islas canarias,
y los tres juntos nos fuimos a un bar de copas y tapas.
Y bebimos vino tinto, y comimos pulpo en salsa
con papitas sancochadas.
Y pasamos un buen rato, quitándonos la palabra,
con la barriguita llena, entre alegres carcajadas.
Para reírnos nosotros,
que lloren siempre las parras.
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo





























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