Ponga pan bizcochado en su vida
Les confieso, inteligentes lectores, que con el pan bizcochado, el de toda la vida, guardo una relación extraña, ambigua y, por momentos, tormentosa. “Cumbres biscochozas”, en mi particular denominación.
Quiero decir que en determinadas épocas estoy tan harto de él que me paso directamente al pan de leña, el del día. Sin embargo, el pan bizcochado, en todas sus variantes, domina mi existencia culinaria. Primero fue el de siempre, luego vino el bizcochado de leña, que ni punto de comparación con el anterior. Más tarde, como novedad, el integral con cereales, que lo reservé mayoritariamente para los desayunos de lunes a viernes.
Por aquí, en la zona donde vivo, el pan bizcochado de leña que se vende es maravilloso: un auténtico manjar para combinar con queso de Guía o Pajonales, y con los embutidos peninsulares, que siguen siendo una referencia. También está el que se elabora en otro barrio cercano, mucho más ligero, mayoritariamente blanco, con pan normal: una golosina para las salsas de fin de semana. Sin embargo, de todos ellos necesito descansar pues su presencia permanente en la dieta se convierte en cargante. Así que lo mejor es ir cambiando y probando otras combinaciones o propuestas. Dicen que en la variedad está el gusto. Y posiblemente sea muy cierto. Sin embargo, el pan bizcochado, así, en general, resulta imprescindible en mi existencia.
Y casi me atrevería a pedir a los “dirigentes políticos” que rigen, o eso pretenden, nuestras efímeras vidas, que dejen atrás la soberbia y los complejos y las vanidades impresas en periódicos y tertulias. Y que bajen de una vez al Terrero, donde la nobleza. Y que al café de media mañana lo acompañen de pan bizcochado: normal, integral o de leña.
No sé si me explico.




























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