Crónica de un fracaso esperado
A pesar de que el periodista contaba con casi todos los elementos narrativos, el factor sorpresa nunca fue tal: desde el principio el lector sabía cómo se produciría el final de la historia. O, acaso, del capítulo.
Los personajes estaban definidos y sus cualidades, sólidas y verosímiles: todos ellos llenos de incoherencias. El espacio, perfectamente elegido, condicionaba no solo sus comportamientos sino que, además, los estados de ánimo cambiaban con las palabras, muchas veces hirientes, que escuchaban: el mundo, al revés. La atmósfera y el tono servían de apoyo a los diálogos, principalmente largos y, rara vez, correspondidos. El periodista, avezado, quería llegar al mundo de lo concreto, pero no lo lograba: las palabras emborronadas, huecas y vacías, olían a desprecio y
abandono. Aunque al principio daban la sensación de anunciar verdaderas irrefutables, cada uno desde su perspectiva, las palabras se movían en el mundo del escamoteo; lo que viene a incidir que, en los cambios de actos y escenas , el conflicto ocurría en el trayecto a la tribuna. Con lo cual todo era interpretable.
Al final las vanidades quedaron cubiertas y las sonrisas, falsas y forzadas, ocultaban los verdaderos argumentos, que fueron sustituidos por las mentiras. Pero ya daba igual. Hacía tiempo que se vivía en un mundo impostado, digital, enjuto y seco. Tiempos líquidos, lo llamaban.
El periodista sucumbió a los apuntes tomados. Apenas tenía nada que decir porque, sencillamente, los personajes no decían nada.
Y creyó que él también había fracasado.




























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