“La casa de Elisa, modesta y coqueta, no solo formaba parte de la calle, sino que no concebíamos esta sin la franqueza de la otra. Puertas y ventana anunciaban que la vida en su interior caminaba al paso del ruido callejero y de las conversaciones que animaban la existencia. Hasta que un día, Marcelino, el de la tienda, cegado por la pasión arrambló con la inocencia. Entonces, la casa se fue cerrando paulatinamente. Y Elisa, tan alegre, creció de pronto y ya no quiso los juegos con los chiquillos que fuimos. Sin embargo, era tanta la curiosidad y todo lo que teníamos por descubrir, que solo notamos la ausencia de Elisa al cabo de los años. Luego la casa se cerró y Elisa se transformó en un fantasma de la última infancia.”




























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