La imagen habla por sí sola: en los mares del sur, donde la lejanía y los piratas convivían, los tesoros arrancados a las potencias marítimas de entonces se repartían en islas desiertas o en roques olvidados. Allí los escondían, parece ser, durante algún tiempo y luego regresaban para repartir la recompensa. Islas lejanas, paradisíacas, tesoros ocultos y unas cuantas películas que llevamos en la memoria desde la infancia sirven para acompañar esta imagen tan sugerente. Sin embargo, ni está en el sur ni hay piratas ni tesoros.
Garachico tiene el poder evocador suficiente para remover cualquier imaginación. Hoy se nos ha mostrado con el día azul y con el mar tranquilo. Al día siguiente, todo había cambiado. Es lo que tienen los pueblos inteligentes: son capaces de mostrar tantas caras y visiones como días tiene el año. Y en ese devenir, la vida toda.




























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