La hospitalidad canaria
Qué me gusta una sorpresa,
siempre que sea de las buenas,
como la que me llevé
en esta bonita cueva
que se halla en Barranco Hondo,
allá por las medianías,
caminito de la cumbre,
a donde fui hace unos días.
Admirando aquel lugar,
de pronto oí una guitarra,
un timple y una bandurria
y unas voces que cantaban.
Se me erizaron los pelos,
y al instante, una señora
se asomó y me dijo: “niño,
entra, que esto empieza ahora“.
Sin dudarlo, encantado,
sonrisa de oreja a oreja,
di las gracias varias veces
y me sumé a aquella fiesta.
¡Madre mía! ¡Qué jolgorio!
¡Fuerte parranda, cristiano!
“Celebramos el bautizo
de mi nuevo nieto, Chano”,
dijo la abuela, orgullosa,
llevándome hasta la mesa
para que yo me sirviera
“un roncito o una cerveza
y un buen plato de sancocho
de cherne, con su pellita,
su mojo rojo picón,
su batata y sus papitas”.
Comí al son de la parranda,
a la que me uní enseguida,
y cantamos sorondongos,
isas, folías, seguidillas...
Y alegres como unas pascuas
se nos hicieron las tantas.
¡Ojalá nunca se pierda
la hospitalidad canaria!
Foto: Ignacio A. Roque Lugo.



























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