Resultados electorales
En cada ocasión, tras la finalización del escrutinio, surgen diversas interpretaciones de los resultados. Épocas hubo, que por concentrarse la fuerza del electorado en dos opciones (a lo largo de la Historia de España se ha venido repitiendo), el conocido bipartidismo, los derroteros –salvo honrosas y minoritarias excepciones– parecían claros. La consabida alternancia, a pesar de las iniciales controversias de quienes no gozaban de la mayoría, iba consumando la cotidianeidad sin excesivos sobresaltos. Siempre, cuando los resultados no evidenciaban grandes diferencias ni otorgaban consolidadas mayorías, se recurría a las que eran honrosas excepciones (se llegó a hablar catalán en la intimidad y a otorgar prioridad al asunto vasco, cuando no a recordar que Canarias no era un mero conjunto de islas contenida en una presa bajo las Baleares) para alcanzar pactos de gobernabilidad. Así se llegaba a la orilla de las siguientes elecciones, sin mucho aspaviento y con sosiego en la expresión.
El transcurso del tiempo, la aparición de nuevas opciones políticas que restan protagonismo a las hasta el momento hegemónicas, comenzó a sembrar confusión. Sobre todo, y principalmente, de quienes tenían como acendrada costumbre la de navegar en la alternancia. Todo comenzó a resultarles extraño. Ya no eran aquellas corrientes minoritarias, las conformadas por nacionalismos con presencia en el Parlamento y alguna que otra sin excesiva transcendencia, quienes irían a otorgar a una u otra fuerza la potestad de gobernar. Aconteció (nada destripo con ello) tanto en la denominada izquierda como en la derecha contenida. Desde sus filas en algunos casos, léase la situación de la derecha congregada en torno a la inicial iniciativa de Fraga, surgieron hijuelas con opciones disonantes de lo que antes fuera un coro monocorde. En la izquierda, las continuas deserciones motivadas por el acomodo de la predominante junto a los efectos de la crisis y otras particularidades inherentes, pusieron en marcha nuevos movimientos de progreso ajenos a las organizaciones que hasta el momento marcaban la pauta y disfrutaban del poder. Tal es el panorama con el que se acerca el electorado a depositar sus votos en las urnas.
Ya nos encontramos en las fechas posteriores. No solo de las generales que anticiparon su aparición, sino del resto de las que pudiese haber (con la excepción de aquellas donde se reservan el derecho de convocatoria por las singularidades estatutarias). Salvo las citadas excepciones, todas las instituciones quedaron prácticamente renovadas. En algunos casos, la renovación resultará una realidad, mientras que en otros una mera entelequia por mantener la continuidad quienes las rigen. En ocasiones con incrementos notables, o con menguas onerosas, que sin embargo no impiden la asunción de futuros pactos, lograr el objetivo de alcanzar el gobierno de la institución. Olvidando aquello que llamaran en su momento «pactos de perdedores», por no gobernar la lista más votada. Salvo donde la norma establece tal premisa: la presidencia de la institución por parte de la lista más votada, caso de los Cabildos Insulares (de infausto recuerdo a partir del último escrutinio), sin que ello sea obstáculo para que estén negociándose inmediatas mociones de censura.
Cuando andamos por estos andurriales, léase este dividido espacio político con diversas y, en apariencias, variadas organizaciones políticas con representación en las instituciones, surge el concepto del cuerpo electoral, que estuvo siempre ahí. De ello se colige que los resultados constituyen una suerte de decisión colectiva que distribuyeron la representación, con mayor o menor fortuna, de modo que, a partir de ellos, las organizaciones presentes en las instituciones han de obrar en la línea que esa hipotética, y escasamente plausible, decisión colectiva establecida con el resultado de las elecciones. No hay duda alguna de la necesaria constitución de pactos de gobierno que permitan dirigir con más o menos éxito las instituciones, sobre todo en las que las mayorías se esfumaron. Ahora bien, de ahí a que se pretenda marcar cuáles son tales pactos, va un largo trecho. Vamos, que no se trata de un dicho y hecho, sino de una tarea de organizar y constituir confluencias que trasladen a la práctica un programa de gobierno. O dicho en palabras de la nueva portavoz de Cs en el Congreso: no se trata de pillar cacho. Así las cosas, habrá que esperar acontecimientos, por si aún estamos a tiempo de llevarnos alguna que otra sorpresa. Al tiempo.





























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