Majaderas hipocresías
Ahora que ya parecen haber acabado. Cuando está todo el pescado vendido y tendremos al menos cuatro años para reflexionar; es el momento de preguntarse ¿qué interés mueve a las normas de régimen electoral, para dedicar la víspera de los comicios a la reflexión? Como tal, obligan a interrumpir la campaña. En apariencias podría ser de agradecer, que tras una campaña con un continuo machacar de eslóganes electorales, donde nos prometen todo lo que pueda prometerse, nos dejan un día de asueto. En resumen, que alejados de influjos exógenos la persona medite su voto, para adoptar una decisión lo más adecuada posible.
Como todo el mundo podrá comprobar, tal obligación queda sumida a la nada. No nos someten a la petición pública de voto ese día concreto. Ahora bien, nos seguimos encontrando con la cartelería electoral, no solo en los espacios destinados por los Ayuntamientos para ello, sino que haciendo gala de sus disponibilidades en el presupuesto electoral, presentan grandes vallas publicitarias donde nos atormentan con sus peticiones de voto. Entonces, me pregunto, de qué vale la prohibición si no lleva aparejada la retirada de la publicidad electoral que espolea con tesón la voluntad del electorado.
Otra de las grandes hipocresías resulta de la prohibición de publicar resultados de encuestas. En un momento, donde las fronteras de la información son muy endebles, resulta contraproducente una prohibición de tal naturaleza. A nadie se le habrá de esconder el mercado de frutas y verduras que, por tales fechas, se instala en la red. No he visto, a pesar de las profundas y atractivas promesas electorales –ni mucho menos he escuchado–, una que tenga como objetivo introducir cambios en la Ley Orgánica del Régimen Electoral General, la LOREG. Me refiero, estará claro, a aquellos que adecúen a la realidad de los tiempos que corren el citado precepto legal. Es decir, que nada aporta la ausencia de publicidad la víspera ni la no publicación de resultados de encuestas. En uno y otro caso, son meros anacronismos, que ponen en entredicho el responsabilidad de quienes dicen velar por el tan traído y llevado, y tantas veces vilipendiado, interés general.
Otras de las situaciones, auspiciadas o permitidas por quienes tienen la obligación de quienes tienen la obligación de velar, tanto por la organización como por el cumplimiento de la norma, es la relacionada con el secreto al voto. Por razones varias, aún no explicitadas por quienes tendrían que hacerlo, la intimidad a la hora de seleccionar la papeleta (cinco en esta ocasión), se esfuma como un azucarillo en un vaso de agua. He de admitir, en mi caso, que me las trae flojas tal secreto en el voto. Nada tengo que ocultar en cuanto a mí opción electoral se refiere. No obstante, sí que resulta molesta la falta de seriedad en el cumplimiento de tal derecho. No solo, sino esa avalancha de personas en tan corto espacio buscando las cinco papeletas de la opción elegida, entre un número de opciones tal que en ocasiones hasta resulta abrumador. También en este caso, la responsabilidad de quienes tienen que velar por ello, debió haber seguido la suerte que le tocó a la intimidad, vamos que se esfumó.





























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