El día amaneció gris y el entorno quedó diluido en un halo de tristeza. La palmera del patio no era la misma de la jornada anterior, que había iluminado el cielo. A pesar de la hora, aún parecía adormilada en el reflejo. Sin esperanza. Desde que el viejo convento se convirtió en museo, la palmera no se sentía igual. Echaba de menos a las monjas que en su quehacer diario la miraban y admiraban. Ahora todo ha cambiado. “Los visitantes ocasionales no tienen tiempo para disfrutar el entorno y yo me había convertido en invisible. Así que, al menos, alguien me veía a través de los reflejos ocasionales. Y llegué a conformarme. No siempre se puede estar en primera línea.” Mientras, en la calle, un nuevo grupo de turistas se acercaban al lugar. No sé si llegaron a apreciar la belleza de la tristeza.





























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