Muerte digna
La reciente muerte de Mª José Carrasco, sometida a una enfermedad inhabilitante para poder llevar una vida autónoma, ha vuelto a poner en la escena pública algo que siempre está, aunque por momentos quede oculto por no aparecer en los medios. La eutanasia, una necesaria práctica para evitar una mala vida, que se logre una muerte lo más cercana a la dignidad posible.
Un problema que no existe según ese portento que lidera la derecha exacerbada española. Porque cuando hablan de ello, dan la impresión de vivir en la estratosfera. No estar en el día a día, de las personas que carecen de una vida digna de considerarse como tal. Sin embargo, como ellos no lo tienen como prioridad, hacen como que no lo ven. Ya sabemos, ojos que no ven, corazón que no siente. A continuar generando debates artificiales, porque entienden les pueden venir bien desde la vertiente electoral. Quizá sea eso, y solo eso, lo que les motiva: los votos.
Defienden, dicen, una vida digna desde el nacimiento hasta la muerte. No sé a qué consideran, en su singular argot, vida digna. A pesar de cacarearlo en muchas de sus intervenciones públicas, sus acciones inducen a pensar lo contrario. Sus políticas conducen a una vida indigna, con pobreza infantil, paro, empleos precarios, en un sistema laboral cercano a veces a la semiesclavitud. Incluso, ahora nos enteramos, con intención de bajar el SMI. Ya se sabe, con cincuenta euros por cabeza, se hará una buena pella, para arreglar los desperfectos de Génova quizá les dé.
A propósito de la vida digna, quienes la defienden son los primeros en evitarla. Como todo acaba emergiendo, con la detención de Ángel Hernández, nos enteramos de la solicitud desatendida por parte de la Comunidad de Madrid. No fue otra que la petición de plaza en una Residencia pública, para que pudiesen atender a Mª José durante una intervención quirúrgica de su marido.
La eutanasia, su despenalización, debió haberse publicado en el BOE hace muchos años. Aquí también, nos encontramos con ese halo de hipocresía que deja tras sí la clase política. Varias han sido las ocasiones, y otras tantas se frustraron, en que han llevado la regulación de la eutanasia al Congreso. Con una u otra disculpa, siempre iba quedando relegada a un último plano. Pues parece, que si no es en campaña y frente a una situación extrema, muestran escaso interés por resolver los problemas que acucian a las personas. Solo se ocupan, o preocupan, de aquello que pueda darles rédito electoral, sin contemplar el sufrimiento de las personas.
Ahora, volviendo al comportamiento hipócrita, quieren hacernos ver, los unos y los otros, que fueron ellos los interesados mientras que la parte contraria puso cortapisas a tal logro, no conseguido como se puede comprobar. Está claro, y ahora que andamos en harina electoral se puede comprobar, que la ley de régimen electoral y el sistema de democracia representativa –sin tener que dar cuenta de sus despropósitos e incumplimientos de promesas electorales– no hace mella en sus carreras políticas. Hagan lo que hagan, escaño arriba escaño abajo, quienes ostentan el liderazgo en los partidos políticos podrán continuar haciendo uso de sus prerrogativas.
Lo que vuelve a quedar claro, con la eutanasia también, es que aún mantienen su hegemonía las sotanas en la política del Estado. Que muchas de las decisiones que se han de adoptar, vienen mediatizadas por tal circunstancia. Se trata de algo tan sencillo como su despenalización y, cómo no, la regulación del procedimiento con todas las garantías que se establezcan al respecto. Lo contrario, y en estas fechas, no es más que el fuego de artificio y la traca con la que nos adornan la situación para continuar en las mismas circunstancias, pues los cambios parecen provocarles urticaria.



























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