“La Casa Grande, como la llamábamos en nuestra infancia, tenía la particularidad de ser un castillo infranqueable. No recuerdo cómo nos hicimos amigos de Fernando María, el único hijo de la familia. Pero sí que jugábamos mucho con él aquel verano, antes de partir para Madrid, que a mí, en aquellos alegres años, no solo me parecía que estaba muy lejos sino que incluso en toda mi vida podría visitarla. Fernando María era un niño peculiar, tristón y solitario. La sobreprotección de sus padres lo tenía enjaulado. Sin embargo, aquel verano en que Julio y yo lo conocimos, y nos franqueó la puerta, fue un momento único y especial. Y no es que hiciéramos grandes cosas, ¡qué va! Éramos chiquillos que jugábamos con piedras y cañas del barranco, convertidas éstas en caballos veloces del oeste americano. Fernando María, en cambio, tenía juguetes que ni siquiera habíamos imaginado y que asombrados quedamos cuando nos los enseñó. Sin embargo, y debe ser cosa de su soledad, prefería los nuestros, tan llenos de imaginación, porque lo que se dice juguetes precisamente no eran. A finales de agosto, se despidió y ya no supimos nada de él. Cuando La Casa Grande se convirtió en un colegio, se había afincado en la capital. Y no regresó.”





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27