A Peregrina Caballero, nacida a finales del XIX, le parecía que ponerse bragas era una finura y se negaba en redondo siempre que sus hijas, que eran diez, se metían con ella por tal motivo.
-¡Ah, no, mi niña! ¡Con lo fresquita que voy yo sin esas apreturas! ¡Qué necesidad! –solía replicar ella ante la insistencia de su prole, riéndose además de su hija Tomasa, que se había hecho unas bragas con tela de saco de azúcar, y cuando se agachó se le levantó el traje y asomó el letrero “25 kilos netos” en el culo. Menuda fiesta la que se formó.
Pero un día, ya mayor, a Peregrina, obligada por sus hijas, no le quedó más remedio que ir a una revisión médica y tuvo que ponerse la dichosa pieza interior. Fue con su hija Fefa, y cuando salieron de la consulta, caminando por la calle, Peregrina miró para su acompañante y le dijo: ¡Ay, Jesús, Fefilla! ¡Fíjate tú que se me quedaron las bragas en el médico!





























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