“Cuando regresamos al pueblo, la calle seguía igual. Solo los colores de sus viejas fachadas hablaban de un tiempo distinto. Sin embargo, los adoquines de la calle y las aceras torcidas mantenían la historia de una calle que en un tiempo lejano fue alegre y bulliciosa. Todo es distinto, aunque el conjunto mantenga la ilusión de que el tiempo por allí no ha pasado. Pero sí lo ha hecho: no sé por dónde andan los amigos de la infancia; desconozco qué habrá sido de Amparo y de su hermano Miguel, con quienes tanto jugué. ¿Y el palomar de Antoñito lo mantendrá alguno de sus hijos? Me acuerdo, sobre todo, de María: aquella rubia guapa y delicada, con sus trenzas soleadas. Alguien me dijo que se había vuelto loca.”





























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