“Cuando me encerré en el convento, nunca imaginé que mi vida, además de plena, sería tan larga. Siempre tuve la sensación de que no viviría más allá de lo que lo hizo mi padre, que nos dejó a sus cuarenta y nueve años. Bien es verdad que en aquel tiempo, la sanidad era otra. Igual que ahora. Aún no sé cómo el convento me admitió. Allí he pasado los últimos cuarenta años de mi vida, como un subalterno sin paga. No me convertí en monje; sin embargo, aquel silencio me ayudó a superar no solo mi mediocridad manifiesta sino también mis miedos. Y tuve que huir. Y vivir de otra manera. En el convento de los Dominicos, la existencia discurrió de otra manera.”





























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