No hay nada mejor que ubicar las esculturas en su debido contexto. Por ejemplo, la de la imagen. Un pez forjado en hierro, con sus olas propias. Por eso cuando el mar se pone ligeramente bravo no solo lo envuelve, sino que la misma imagen cambia de tono y de prestancia: el fondo blanco anuncia la revoltura del momento y el inerte pez parece surcar las aguas arrebatadas. Sí, una escultura en su contexto es una bendición para los ojos y para el pensamiento. Y en los días grises parece esconderse, como para indicar su cansancio.





























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