Ruido
Cantaba Joaquín Sabina, en su canción Ruido: «tanto ruido y al final por fin el fin» y continúa y llama al ruido mentiroso, entre algunos calificativos más. No se pone límites para tipificar al ruido. Siempre fue así. Cuando queremos comunicarnos, sea cual sea el modo en que lo hagamos, el mensaje debe llegar nítido a quien sea nuestro interlocutor. Ya se sabe: quien emite y quien recibe, junto al canal que media entre ambos para que a través suyo circule el mencionado mensaje, no debe ser objeto de interferencia alguna. Sucede así con todo tipo de comunicación. Si buscamos su eficacia, que nuestro mensaje alcance el otro extremo sin ambigüedades, habrá de omitirse cualquier elemento que lo tergiverse.
Sin embargo, a pesar de ser bastante conocido, en la práctica no sucede así. Una amplia variedad de ruidos se inmiscuye en nuestro devenir cotidiano para entorpecer la comunicación. La información, el mensaje, suele llegar viciado al otro extremo. Nada, ni nadie, nos asegura que lo recibido sea el mensaje original, o peor aún, que sea cierto. Cuando de la actualidad política hablamos, el ruido se transforma en una tronada. Vivimos en un santabárbara permanente. Lo ruidoso forma parte de la cotidianeidad, de ahí que no resulte extraño, que se confunda con el paisaje informativo.
Qué es, sino ruido, esos movimientos permanentes de la clase política –dicen que preparada, no sé para qué–, con los que nos distraen de lo principal. Para botones de muestra, las del recién incorporado a la presidencia del PP, habitual de la comedia de enredo. Sus últimas intervenciones, quizá las anteriores también, son de traca. Digo por lo ruidosas que resultan, con la finalidad de orientar miradas hacia puntos concretos de su particular interés. En lo referente a las mujeres, no sé cómo se lo permiten las que militan en su partido, va de charco en charco como las ranas de Esperanza Aguirre. Si no tuvo poco con las famosas ecografías, para insultar a las mujeres tratándolas de ignorantes, saltó de nuevo a chapotear con la ley integral de violencia de género. Vergonzoso que se atribuya algo, como si el resto de quienes atienden a su discurso huero fuesen desconocedores de la realidad. Olvida, el señor, que los medios archivan imágenes y sonidos. Que en cualquier momento, lo archivado puede poner en evidencia a quienes hacen del ruido modo de vida.
No es el representante del PP el único ruidoso. La hijuela ciudadana les ha querido emular, también en eso. Qué es entonces si no, esa peregrinación, de quien abandona Cataluña a su suerte, hasta las puertas de la vivienda de Puigdemont. Recordar voz en cuello, con molestia de vecindario incluida, la inexistencia de la república es una ruidosa incursión en la campaña de las generales, para las que se postula. Quizá, con tal escándalo, busque hacer olvidar a quienes no hace tanto le escucharon prometer una larga estancia en la cotidianeidad de la política catalana. O, tampoco es descartable, para evitar se escuche los problemas de su partido con la financiación.
Tampoco les va a la zaga el PSOE, especializado en promesas incumplidas. Sin que queramos hacer demérito de sus logros, que los ha alcanzado, sí que es cierto ese afán que les mueve por suscitar grandes esperanzas, a sabiendas de las dificultades para llegar a lograr lo prometido. Quizá, en algunas ocasiones, fruto de los impedimentos; que sin embargo, son conocidos de antemano. Ahora, como si tras la situación no hubiese suficiente dolor, salen con lo de las fosas. No pienso que sea, por las personas implicadas y las desesperanzas impuestas, oportuno ofrecer –sobre todo por el momento en que se hace– la apertura de tantas fosas. Por un lado, porque no se sabe quién estará en La Moncloa a partir del 28 de abril.
Podríamos seguir, pues también en el partido morado se producen determinadas emisiones ruidosas, que suelen ser bastante más molestas en tanto sus mensajes iniciales nos hablaban de acabar, al menos así lo hicieron percibir, con toda esa traca que conduce a una suerte de desinformación por parte del electorado, ese que debe aprender a separar el trigo de la paja, el ruido de la información para evitar, en estos momentos donde reina la confusión, que les den gato por liebre y, como ha venido sucediendo, ponga a los zorros a cuidar el gallinero.






























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