“Fui la última monja en salir del convento. Los tiempos habían cambiado tanto que en aquellas cuatro y centenarias paredes apenas lo habíamos percibido. Dedicar toda una vida a huir del mundanal ruido trajo sus consecuencias. La hermana más joven rondaba los cincuenta años y yo, a mis sesenta y ocho era casi la más veterana del lugar. Delante de mí, Sor Juliana y Sor María, la abadesa, me llevaban ventaja. Nos tuvimos que trasladar al otro convento en el pueblo de al lado. Y yo fui la última en abandonar mi casa aquel día de junio. Las nuevas costumbres y con ellas, las nuevas necesidades, abrieron otros caminos: vender por un lado y conservar, por el otro. Por eso cuando vi la imagen de la puerta, antes cerrada a cal y canto, y ahora, enteramente abierta, caí en la cuenta de la casa de enfrente: la de los Guzmán Alvarado: respetuosos vecinos que nos brindaban su presencia cada domingo, sin faltar nunca a la cita. Sin embargo, ahora somos nosotras las ausentes. ¡Quién nos lo iba a decir! No crean que me arrepiento de esta vida de entrega y recogimiento. ¡Para nada! Pero, en ocasiones de duda y atropellos, me da por pensar si me hubiera ennoviado a mis diecisiete años con Enrique, si hubiese tenido una familia, si hubiese sido feliz… Ahora que el tiempo se mide de otra manera, mi juventud regresa para atormentarme, eso sí, ligeramente. Porque esto no es un tormento: es la eterna duda de mi vida. En cualquier caso, hasta aquí he llegado y no me queda otra que seguir avanzando, porque el mundo de ahí fuera, ya no es el mío. Es el de ustedes. ¡¡Y no se dejen ir!!”






























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