Virtuosismo
Escuchaba en Radio Clásica cómo habían surgido los virtuosos en el ámbito de la música. Contaban, en relación con el auge del fenómeno, que durante una época se iba a escuchar, o mejor, contemplar a quien tocaba el instrumento y el modo singular en que lo hacía, no era la música el elemento atractivo. Resultó ser un problema, explicaba quien trataba dicho asunto, pues eran los ejecutores y no lo ejecutado lo que propiciaba asistencias. Quien de esto hablaba, se refería a Paganini y a sus caprichos. Durante el tiempo en que trababa de dicho asunto, no solo pude acceder a nuevos conocimientos musicales, sino escuchar los susodichos caprichos; esas cortas piezas de violín que hacían las delicias de mis oídos. Explicaba, mientras nos deleitábamos con la música, las características singulares de las piezas y la dificultad de ejecución que presentaban; de ahí la necesidad de encontrar a virtuosos para ello. A saber, personas con una especial capacidad para poder interpretarlas.
Quizá, no digo categóricamente que sea así, se esté trasladando dicho fenómeno al ámbito de la política. Que se busca al virtuoso o la virtuosa, antes que propiciar la oferta de un programa estimulante y notable. En los últimos tiempos, podríamos pensar en ello. La situación es bien sencilla, no ya en el caso de los miembros de un gobierno donde es natural su presencia, en el de los cargos electos. Resultó un aparente avance en la democracia interna de los partidos, generando un cierto ambiente de participación, una efervescencia inusual en la militancia. Me refiero a los procesos de primarias. Matizo lo de «aparente» avance. Sin duda, cabe destacar la diferencia entre situaciones previas, donde la persona a encabezar la lista era designada y la actual, en la que es la propia militancia la encargada de ello. Hasta aquí, todo va perfectamente. Tan perfecto, como ese sistema electoral que posee la denominada primera democracia del mundo, que es mucho decir.
Volvamos al asunto de esta reflexión. Cuando se trata de encabezar listas, ahora estamos en las puertas de elecciones locales y autonómicas, sin olvidar las europeas, sucede algo parecido. Por tal motivo, comienzan a aparecer nombres, de aquellas posibles personas que podrían encabezar las listas. En algunos casos, los procesos forman parte dela normalidad de otros procesos electorales. En otros, cuando a priori da la impresión de no existir persona que opte a la candidatura, aparece el virtuosismo, o no. En cualquier caso, pensando en determinados atractivos personales, los aparatos de los partidos se ponen en marcha. Quizá anhelando épocas pretéritas, son aquellos quienes designan a las personas más idóneas –según su leal saber y entender, se entiende– para obtener los mejores resultados. Está pasando en todos los partidos, en los tradicionales y en los que se dicen novedosos.
El problema, al igual que se refirió en el programa de los caprichos de Paganini quien lo llevaba, es que el virtuosismo lleve a admirar a quien ostenta tal figura, sin que se paren a reflexionar, a deliberar si quiera, sobre cuál va a ser la pieza musical –el programa político, en este caso– que sirva de acicate para optar por esa formación y no otra. Buscan, no la música sino a quien podría ejecutarla. Luego se irán quejando, o no, del desapego de quienes no se acercan a las urnas a votar, sin que se ocupen de la política.































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