En muchas ocasiones, y ya van unas cuantas,caemos en la cuenta de las filigranas que Arucas nos regala y que ni siquiera habíamos imaginado. Sutilezas que muestran una manera de ser única e imperfecta, como debe ser: la imperfección nos mantiene despiertos y atentos a la siguiente página que escribiremos entre todos.
Si prestan atención a la imagen, podrán comprobar que verde, blanco y piedra azul, sean acaso sea la combinación perfecta de una ciudad que se despereza cada día con el ánimo de asombrar y que, en ese ir y venir del trajín diario, incapaces somos de apreciar el bosque. Sin embargo, bosque y ciudad ahí están: tranquilos, callados, esperando la mirada cómplice. Y, tal vez, reconociendo a los paisanos que fueron, a los que saludábamos en las calles de antes y en las de ahora, y a los que son y donde todos ellos contribuyen, desde su esfuerzo diario, a escribir páginas y páginas anónimas en la Historia de la ciudad. Lo que Unamuno llamó “intrahistoria”. Pero ahora no vivimos tiempos en los que homenajear a los ciudadanos.
Tengo para mí que la foto de este breve comentario es significativa, al menos, un poco: un detalle que habla por sí mismo. Solo hay que prestar atención a las señales que Arucas nos ofrece. Quizás por eso no nos cansamos de “mirar y admirar”. Por eso este empeño de “mirarArucas”, nacido al socaire del silencio y de la página en blanco, donde la soledad tiene su acomodo, camina semanalmente, o casi, con el deseo último de que la pachorra isleña se convierta en referente, sin caer en la contemplación desmedida y paralizante.
Y, en el fondo, como queriendo matizar, sus habitantes, mezclados en el bosque de piedra.




























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