“Allí, sentado, divisaba a todo el grupo. Yo, que era el más alejado del público, al que le tenía un pánico atroz, veía cómo tu voz no solo engrandecía las recién creadas canciones, sino que tu magia vocal atravesaba el corazón de los que nos escuchaban. Tocábamos, entonces, por apenas cuatro duros: lo que nos molaba era actuar en todo momento. Y apreciar los gustos, y los disgustos, de quienes no escuchaban. Nuestra juventud y nuestra fuerza compensaban las composiciones no matizadas y los errores del momento. Y, allí, tu voz atravesaba mi corazón, aun cuando tú ni siquiera te percataras de ello. Tu mirada no era la mía. La complicidad de las actuaciones es lo que realmente echo de menos.”






























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